Una Mente Corriente

La seguridad que creíamos tener y que nunca existió

Tras los gravísimos hechos acaecidos en Ceuta, hace ya más de dos meses, me dio por pensar como la vida de cualquiera de nosotros se puede ir al carajo de la noche a la mañana. Además, de manera literal. Solo bastó que el paso fronterizo que delimita España de Marruecos fuera asaltado por miles de personas, para que esa normalidad y seguridad en la que los ciudadanos del lugar creían vivir, desapareciera de un plumazo y en apenas unas horas.

Nuestro gobierno, lejos de velar por los intereses de los ceutíes, ha dejado que la situación se deteriorara con el pasar de los días convirtiendo la ciudad autónoma española en una verdadera olla a presión. La conclusión a este respecto es determinante y concisa; de un lado nos muestra con claridad en manos de quien estamos y de otro evidencia la prácticamente nula capacidad de la que gozamos para poder revertir una circunstancia así.

Nuestra seguridad en manos de terceros

Lejos de lo que la mayoría cree, a ningún gobierno actual le hace falta pegar un solo tiro para convertirnos en sus rehenes de manera indefinida. Cuentan con multitud de maneras posibles para llevar a buen puerto cualquier plan que se propongan. El ejemplo de lo que está ocurriendo en Ceuta es uno más de tantos otros en los que la historia nos recuerda que nuestra seguridad y estabilidad, a todos los niveles, está en manos de terceros.

¿Se acuerdan de las primeras horas de la “pandemia” del COVID?… Aquella mañana de marzo la mayoría de nosotros amanecimos como si tal cosa, con la firme convicción de que pasaríamos un día más como otro cualquiera. Iríamos al trabajo, a hacer la compra, a visitar a nuestros padres, etc., y al finalizar la jornada terminaríamos sumidos en ese agotamiento rutinario que precede al momento de irnos a la cama.

La realidad fue otra bien distinta, al menos en lo que concierne a nuestros derechos más básicos. Entre ellos el de salvaguardar nuestra libertad, posiblemente, junto con la salud, el bien más preciado que poseemos. Esa misma tarde del 13 de marzo de 2020, una panda de hijos de puta financiados con nuestros impuestos, decidieron encerrarnos en casa de manera ilegal e indefinida justo dos días después, el 15 de marzo: Lo demás ya es historia a día de hoy.

Esta concatenación de acontecimientos es solo una muestra más de la falsa seguridad que creemos poseer en casi cualquier ámbito de lo que nos concierne. Ya sea en términos económicos, sanitarios, alimenticios o de seguridad propiamente dicha, solo somos pequeños engranajes de una maquinaria superior a la que no tenemos, ni tendremos jamás acceso al puesto de mando.

No al menos si te consideras alguien honrado y con principios alejado de todo aquello que esté relacionado con la política actual y las tetras que se emplean en la misma. En este contexto, si mañana el gobierno de turno decide quitarnos nuestra casa, lo puede hacer sin rubor alguno vía expropiación. Si cree conveniente embargar nuestra cuenta corriente porque esa mafia llamada Hacienda Pública así lo hace decidido, por el motivo que sea, procede.

Así mismo, si se le antoja quitarte a tus hijos por el bien de estos (o no), tienen potestad para ello. Igual que poseen la misma autoridad para instrumentalizar cualquier organismo del Estado en favor de sus intereses y detrimento de los nuestros. Tú puedes patalear, quejarte e incluso litigar con ellos pero, por el camino, tu vida es probable que termine desmoronándose como un castillo de naipes.

Nuestra actitud, el arma más poderosa que poseemos

Es por ello que suena hasta gracioso cuando cualquiera de nosotros afirma que vive en libertad gracias a subsistir en el seno de un estado de poder parapetado en la mal llamada socialdemocracia. Siento decirles que nada más lejos de la realidad. Además, tenemos única y exclusivamente la autonomía que los dueños del cortijo conceden darnos. Nada más.

Todo lo demás es una ilusión social fruto de la manipulación a la que estamos sometidos desde niños bajo un mismo patrón dentro del modelo estatal que nos ha tocado padecer. El mismo, por otro lado, que se encarga desde tempranas edades de convertir a cada individuo en un peón de trabajo. Pocos son los que tienen la capacidad de salir de ese paradigma sociocultural en el que vivimos, similar a una rueda de hámster, y donde pareciera que estamos sumidos en una huida continua hacia no se sabe dónde.

Es nuestra triste realidad aunque bien es cierto que está en nuestra mano, en la medida de lo posible, el no dejarnos dominar o al menos no ponérselo tan fácil como a priori han calculado. Porque si bien las situaciones antes descritas se salen de nuestro control, al menos en lo que refiere a aspectos legales o burocráticos, sí que tenemos la posibilidad (y el deber) de moldear nuestra actitud ante ellas, generando así un equilibrio equitativo entre la falsa seguridad de la que antes hablábamos y el escaso margen de movimiento del que “somos dueños”.

Una necesaria mirada hacia el interior

Esta última es probablemente la única opción a la que optamos de no convertirnos en siervos del sistema de manera fáctica e indefinida. Y a decir verdad no son muchas las formas de llevarla a la práctica. Es por ello, de imperiosa necesidad, echar una ojeada a nuestro interior para entender que somos realmente y así activar los mecanismos necesarios para enfrentarnos a todo aquello que nos espera ahí fuera.

Pero para ello no debemos de olvidar en estos días que corren que “la estupidez humana cabalga a sus anchas dentro de seres automatizados y sin criterio propio, que se hacen dueños de causas perdidas y oradores de estas, encima de un púlpito imaginario construido por su propia ignorancia y escasa empatía hacia el que tienen enfrente, sin darse cuenta de que otros más grandes cayeron con discursos mucho más hirientes y profundos” (La Vida en Estado Puro).

Alejarse de ideologías y discursos carentes de fondo y sentido es primordial para atisbar la falsa seguridad de la que hablamos. Son precisamente estos mantras políticos y sociales los que adormecen nuestros sentidos con la única intención de que sigamos aceptando la realidad que nos rodea y por ende no actuemos con coherencia y determinación ante el atropello constante al que somos sometidos.

Pensar por nosotros mismos para lograr poseer un criterio propio se ha convertido en uno de los ejercicios vitales más necesarios a los que tenemos la obligación de aspirar, abordando además el eterno desafío de intentar llegar a ser uno mismo. Por lo general solemos vagar a diario sin más pretensiones que la de no salirnos del redil, buscando esa falsa seguridad que creíamos tener y que, sin embargo, tarde o temprano, terminamos descubriendo que nunca existió.

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