Hay muchas cosas en esta vida que antes o después convertimos en un claro objetivo a lograr. Muchas de ellas sin más trascendencia que la de conseguir alcanzarlas y saber entonces que el esfuerzo dedicado, quizás, no mereció la pena. No al menos como lo habíamos planteado en un primer momento, embaucados por unas falsas expectativas que finalmente no se cumplieron o simplemente no llegaron a materializar aquello que nosotros habíamos idealizado en un primer momento. Suele ocurrir.
Sin embargo, lejos del ámbito material, laboral o meramente lúdico, hay algo que pasamos por alto una y otra vez amparándonos en excusas de toda índole. Parapetados en “el qué dirán”; intentando encajar en la idea colectiva que secunda el rebaño o simplemente dejándonos subyugar por el marco de realidad en el que andamos atrapados, nunca parece ser el momento idóneo para quitarnos la careta y llegar a ser nosotros mismos.
Ser uno mismo solo depende de nosotros
Sin duda alguna vivimos en una sociedad donde imperan las apariencias. Una tendencia que sé magnífica de manera exponencial en eso que denominamos primer mundo. En apenas unas décadas hemos pasado de la sencillez de las cosas a vivir en un entramado social controlado por la más afinada de las ingenierías. Esa misma que se encarga de atraparnos con normas, dogmas y realidades muy distantes de nuestras necesidades reales.
Dentro estamos nosotros creyéndonos en pleno derecho de decidir y actuar, aun a pesar del enorme lastre que supone eso de poder saborear la verdadera libertad. Porque que nadie se engañe: tener esto o aquello en propiedad, un trabajo al que acudir al menos ocho horas al día o incluso haber conformado un núcleo familiar, por lo general, todo ello suele estar muy alejado del paradigma que supone ser verdaderamente libre. Un estado, por otro lado, en el que realmente podríamos llegar a lograr ser nosotros mismos, o al menos una versión lo más fidedigna posible.
Sin embargo, esto no va de romper con todo y lanzarse a emprender una cruzada existencial hacia no se sabe dónde. Más bien encontrar el modo de establecer límites reales para que nuestra realidad no nos consuma. Y esto solo pasa por lograr acercarnos lo máximo posible a lo que realmente somos. Para ello es fundamental ser consecuentes; ya sea con aquello que pensamos, sentimos o creemos firmemente. El problema (lo es para la mayoría de nosotros) es asumir las consecuencias de ello.
Nadie quiere que lo dejen de lado, que lo miren mal o simplemente que lo juzguen inquisitivamente por mostrarse de este o aquel modo. Sin embargo, debemos pensar si es mejor vivir en una realidad paralela totalmente en contradicción con nuestra razón de ser. Generalmente, esto es lo que suele ocurrir, entre otras cosas porque evitamos tener problemas o enfrentamientos directos con la gente que nos rodea.
En cierto modo es entendible ¿para qué andar disgustado o discutiendo con la única intención de mantenernos fieles a nuestra forma de ser? Esta es la pregunta que más de uno se realiza para sus adentros cuando es plenamente consciente de que se está traicionando así mismo. Y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos, incluso en cosas que a priori no deberían de tener la menor relevancia, pero que, llegado el caso, pueden convertirse en algo realmente importante.
Hemos normalizado eso de “pasar por el aro” y tragar con lo que venga con tal de no salirnos de nuestra zona de confort. Solo hay que echar un ojo a nuestra cotidianidad y lo que nos rodea para ser plenamente conscientes de ello; ya sea en términos políticos, sociales, educativos, sanitarios, etc. Todo va de mal en peor y, sin embargo, hemos asumido sin más que es “lo que toca”. Aceptamos una serie de situaciones otrora totalmente impensables.
Pero lejos de la propia repercusión que estas puedan tener en nuestras vidas, está el hecho de que hemos aparcado definitivamente nuestra forma de ser y pensar para no tener que enfrentarnos a ellas. El poder del individuo ha quedado prácticamente diluido dentro de una masa gris abocada al fracaso. Si todos sentimos, pensamos y actuamos de igual forma, aquellos que ostentan el poder disfrutan de plena libertad para hacer con nosotros lo que les venga en gana.
Sin embargo, en una sociedad donde sus gentes sacan a relucir su “yo” más profundo, el asunto cambia diametralmente. Esto solo pasa por ser uno mismo, o en su defecto intentarlo hasta la saciedad. Desde el respeto hacia aquel que tenemos al lado, pero sin dejar que este imponga sus ideas e ideales por encima de las nuestras. Ni siquiera cuando estemos convencidos de que estamos equivocados, porque seguramente esos mismos que te quieren sumiso y callado, habrán logrado que su manido discurso haya calado en ti de una manera sólida e irreversible.
Thomas Szasz, profesor, escritor y psiquiatra húngaro, determinaba que “a menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea”. Ser uno mismo no depende de nada ni de nadie nada más que de nosotros mismos y nuestra voluntad de lograrlo. Y ello incluye, muy probablemente, un camino lleno de vicisitudes, contradicciones y momentos donde las dudas nos asaltan una y otra vez.
Sin embargo, una cosa está clara: llegará un momento en nuestras vidas en las que inevitablemente echaremos la vista atrás. Entonces determinaremos si ha merecido la pena lo vivido, analizando con cierta imparcialidad si logramos atravesar las vicisitudes, resolver nuestras contradicciones y atisbar la luz necesaria para despejar nuestras dudas. Pero por encima de cualquier cosa nos preguntaremos si lo hemos hecho siguiendo nuestras directrices internas o, por el contrario, acomodados en una realidad paralela que otros eligieron por nosotros.