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No, no son franceses y da igual del “color” que lo pintes

Mariano Rajoy la “ha liado parda” esta semana, curiosamente por hacer algo que, generalmente, les produce alergia a todos aquellos que en algún momento de sus vidas se han dedicado profesionalmente a la política; decir la verdad. Básicamente, en una de sus columnas de opinión titulada “Hoy llegó el desquite”, en relación con el partido España-Francia del pasado martes expresó textualmente:

 “Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, refiriéndose obviamente a los integrantes de la selección gala. Como era de esperar, el exponer públicamente lo que para mucha gente es una realidad manifiesta, que particularmente en Francia es mucho más visible que en otras selecciones del mundo, han corrido ríos de tinta y se han hecho un sinfín de declaraciones tachando al ex-presidente español de racista, xenófobo y mil mamarrachadas más con las que la progresía en general se llena la boca de manidas estupideces.

“Ser franceses” no es solo poseer un DNI

Hace ya un tiempo tuve una charla en relación a este tema y donde Lamine Yamal se convirtió en el protagonista de la misma. Mi sentimiento en este sentido es exactamente el mismo que expresa Rajoy en su pequeña crónica deportiva. Da igual que el jugador del Barcelona naciera en la ciudad condal; vive, siente y padece por lo que acontece en el Marruecos natal de su padre, algo totalmente lícito dados sus orígenes familiares.

Además, este posicionamiento cultural es prácticamante imposible de evitar, fundamentalmente porque lo lleva mamando a todas horas del día desde el mismo momento que salió por la entrepierna de su señora madre. Y puede venir cualquier adalid del multiculturalismo a predicar exactamente lo contrario que, por más veces que se insista en la españolidad de Yamal, esta nunca se dará de manera plena ni más allá de los estamentos meramente legales.

No al menos a ojos de aquellos que observan desde la imparcialidad de importarle un pito el fútbol y la selección española, francesa o la china de Xi Jinping. El asunto va mucho más allá de vestir una camiseta presidida por un escudo y unos colores. La gracia de todo este asunto, independientemente de la opinión personal de cualquiera, es que son precisamente ellos mismos (todas esas generaciones de hijos de inmigrantes nacidas en las últimas décadas en nuestro continente) los que ondean la bandera antieuropea cada vez que tienen la ocasión.

¿Quiere decir esto que no haya chavales que siendo hijos de inmigrantes africanos, asiáticos o sudamericanos, por ejemplo, se adapten a la perfección al país europeo en el que residen?… Para nada. Pero eso no quiere decir que, a ojos de muchos europeos, tengan que ser considerados plenamente oriundos. El problema es cuando la política, en pro de su propio beneficio partidista, aprovecha esta coyuntura para hacer negocio con el asunto mediante discursos poco sensatos, por decirlo de manera suave.

Generalmente de la mano de todos aquellos acólitos de la aberrante y desquiciada ultraizquierda, esa misma que lleva años campando a sus anchas dentro de nuestras instituciones. Lo que parecen no entender la mayoría de sus componentes es que estas posturas sin sentido y carentes de cordura, son gasolina para aquellos que tiran de la cuerda desde el otro extremo, o al menos eso aparentan hacer de cara a sus hooligans.

El día que me vaya a vivir a Senegal

Volviendo a aquel día de charla entre amigos; terminé exponiendo esta misma teoría sobre la que particularmente enfoco el tema; si mi mujer y yo mañana nos vamos a vivir a Senegal da igual que nuestros hijos nacieran allí. Y que los hijos de mis hijos, casados con otros españoles o europeos (siguiendo la misma dinámica social de los inmigrantes que residen en Europa), procrearan en aquellas latitudes. Se puede enfocar desde el punto que se quiera, pero jamás seríamos ni nos llegaríamos a considerar senegaleses como si lo son aquellas personas históricamente nativas del lugar.

El razonamiento corto a este planteamiento es claro y conciso: uno no es solamente de donde nace o vive. Una nacionalidad engloba multiples factores sociales, culturales, demográficos, etc., que son totalmente inherentes a la misma. Todos ellos en conjunto son los que facilitan una convivencia ordenada, respetuosa y justa entre aquellos que forman parte de una misma sociedad. Si por el contrario esta última la conforman millones de personas que poco o nada comparten en su forma de vida, el problema puede alcanzar magnitudes épicas.

Las consecuencias de no tener claro el asunto

La prueba más flagrante de que esto es algo irrebatible la tenemos más de actualidad que nunca y no es otra que la inseguridad general a la que está sometida Europa en los últimos años, precisamente por intentar acoger e integrar a millones de inmigrantes que poco o nada tienen que ver con las costumbres o formas de vida que se estilan en nuestro continente. Las consecuencias de años de políticas desnortadas e intereses ocultos ya las estamos sufriendo de primera mano… Y lo que está por venir.

En este contexto Francia y esos que algunos intentan pasar por franceses son el ejemplo más fidedigno de esta tendencia. Aprovechan la menor ocasión para crear situaciones extremas de disturbios en la capital gala, generando el desasosiego de aquellos que, indefensos, son testigos en primera persona del lodazal social en el que está sumida buena parte del país. De hecho, tras el partido de la discordia, volvieron a hacer arder las calles de París. Suponemos que en agradecimiento a todos aquellos que siguen abrazando el multiculturalismo woke y apuestan por seguir regularizando a gente sin control.

Esta Orwelliana situación no es exclusiva de Francia. Otras naciones europeas se ven en situaciones similares por haber procedido de igual modo con un tema tan delicado y complejo a la vez. Un buen ejemplo de este paradigma lo tenemos en Suecia, actualmente el país con más asesinatos por arma de fuego dentro de la U.E. Alguno se habrá quedado atónito ante tal descubrimiento, aunque les puedo confirmar que la inmensa mayoría de ellos no han sido provocados por mozos rubios de dos metros y ojos azules.

Más bien por integrantes de mafias de origen africano que campan a sus anchas por decenas de barrios de las principales ciudades del país. La solución, sacar el ejército a las calles porque las autoridades locales han perdido totalmente el control de la situación. A propósito de todo esto: ¿Saben quién gobernaba el país y tomaba esta drástica decisión afirmando públicamente el error de sus políticas de inmigración y asilo?… El Partido Socialdemócrata Sueco en coalición con el Partido Verde.

O lo que es lo mismo, lo que en España serían un partido a medio camino entre el PSOE y Podemos. Supongo que nadie ha escuchado nada de esto en ninguna televisión patria, ¿cierto? No interesa exponer lo que ocurre cuando durante décadas aplicas políticas suicidas de puertas abiertas y gente de todo tipo y condición entra en tu país de forma descontrolada. Esos mismos que en última instancia han sido nacionalizados y que para una buena parte de la mafia partidista son tan españoles, suecos o franceses que aquellos europeos que durante siglos han forjado lo que hoy es este continente.

Sin embargo, español, francés, portugués o senegalés no solo se nace por imperativo legal. Pertenecer a una identidad nacional es mucho más que eso. Con nuestros defectos y nuestras virtudes. Nuestras luces y nuestras sombras. Así que da igual quien venga a decir que los jugadores que conforman la selección gala actual son igual de franceses que aquellos que hace bastante años representaban esa misma camiseta. Dicho esto: ¿Están en su derecho de jugar con Francia en el mundial? Por supuesto, si a términos meramente normativos nos remitimos.

Pero curiosamente el fútbol, al igual que muchos otros deportes, tiene un componente de pasión que no se compra con tecnicismos de ningún tipo. Y cuando alguien siente los colores, es consciente de que algo no marcha bien si en una selección europea los jugadores negros constituyen la casi practica totalidad de la plantilla. Volviendo al agravio comparativo sería exactamente lo mismo si cualquier nación africana contara entre sus filas con 19 jugadores blancos, algo totalmente impensable, ¿cierto?

Lo curioso del asunto es que muchos europeos siguen aceptando ese mantra ideológico, ya sea por pura hipocresía o simplemente por una sumisión enfermiza a la que gentilmente se han acostumbrado. Así que cuando Rajoy, a su modo, nos hace ver algo que es irrebatible, uno puede ponerse de lado y sumarse a la verborrea de cada vez menos europeos o aceptar que no, que la mayoría de los jugadores que visten la camiseta gala hoy en día no son franceses y da igual del “color” que lo queramos pintar.

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