No sé si se han percatado de que vivimos en el mundo de “la exigencia constante”, donde la sana costumbre de no hacer nada, al menos desde un punto de vista productivo, ha sido literalmente eliminada de nuestra rutina, convirtiéndose además casi en una agresión cultural para todos aquellos que creen firmemente en la manida creencia de “aprovechar el tiempo”; el problema es que no lo hacen desde un punto de vista filosófico, reflexivo e incluso sanador. Más bien teniendo como fin principal todo aquello relacionado con lo material.
Un planteamiento totalmente respetable, vaya por delante. Cada cual puede emplear su tiempo en aquello que crea más conveniente para él y sus intereses. Sin embargo, es cuanto menos significativo como hemos perdido la capacidad de desconectar de la vorágine rutinaria que nos asfixia, física y mentalmente, sin mayor intención que la de descansar. Y si no me creen háganse una pregunta: ¿Cuál fue la última vez que pudieron disfrutar de un rato de paz y calma total consigo mismos?
Cultivar la sana costumbre de no hacer nada
En pleno siglo XXI, cuando teóricamente deberíamos estar disfrutando de la vida más plena a la que ha aspirado el ser humano en su historia, nos hemos convertido en verdaderos esclavos de un sistema donde la citada sana costumbre de no hacer nada, es prácticamente una quimera para la mayoría de nosotros. Eso de pararse, respirar y poner la mente en “Modo OFF”, es un hábito del pasado que dejó de estar permitida con la llegada del capitalismo más extremo.
Tenemos la percepción de que si nos paramos, si no aguantamos el ritmo impuesto por la sociedad en su conjunto, podemos llegar a convertirnos en unos parias, unos verdaderos fracasados que el sistema terminará por el expulsar. Es por ello que nos pegamos media vida formándonos a todos los niveles y la otra media intentando poner en práctica dicha formación, laboral y personalmente. No hay un segundo que perder en esa “rueda de hámster” en la que estamos recluidos, aunque por momentos nos creamos en la potestad de poder elegir nuestro destino.
Por no poder decidir no lo hacemos ni siquiera para adoptar esa sana costumbre de no hacer nada. Y aquí no hablamos de terminar procrastinando sin oficio ni beneficio, para nada. Pegarse parte de los días accionando el scroll infinito que nos ofrecen las múltiples aplicaciones que tenemos en nuestro smartphone, nada tiene que ver con este planteamiento. Al igual que “aprovechar el tiempo” puede tener una connotación muy distinta para según quien lo aplique en su vida, “no hacer nada” no es igual a “perder el tiempo”.
Precisamente es esta la sutil, pero importante diferencia, que no debe de escapársenos para poder disfrutar de ese momento puntual donde no hacer nada se convierta en algo beneficioso para nuestros intereses. Aquellas personas capaces de ponerlo en práctica dedican ese necesario espacio de tiempo a meditar; otras a mirar por la ventana el paisaje. Algunas intentan reflexionar sobre asuntos relacionados con aquello que los rodea. Incluso los hay que simplemente se sientan a observar el mundo pasar.
Perdimos la capacidad de aburrirnos
En nuestra infancia e incluso adolescencia deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara el esperado verano para disfrutar de las vacaciones del colegio. Una época del año que la mayoría de nosotros recordamos con cierta nostalgia siendo conscientes de que, muy probablemente, fue el momento de nuestras vidas que más cerca estuvimos de alcanzar la ansiada felicidad, esa fugaz y exigua “rara avis”.
Días interminables donde calor, playa y recreo infinito, convirtieron nuestras vivencias en ratos memorables. Sin embargo (a muchos de ustedes también les pasaría), había un momento concreto del día en el que nos veíamos instados a parar, casi de manera obligada. Me refiero en aquel intervalo de tiempo entre la hora de comer y bien entrada la media tarde. Ese oasis diario de descanso y siesta impuesto por nuestro progenitores, en el que literalmente no teníamos nada que hacer.
Los había, como un servidor, que incluso terminaba enrabietado por no poder irse a la calle a las cuatro de la tarde a pegarle patadas a un balón: “tú no vas a ningún lado a dar el follón a estas horas”, me solía espetar mi madre con tono severo. Entonces, a medio camino entre el cabreo más infinito y un relajante sosiego que nadie había pedido, me tiraba en la cama durante un rato con la vista clavada en el techo y la mente al son de las musarañas.
Aquel espacio de tiempo me servía para desconectar por completo de mis ganas, mis anhelos y esa energía casi infinita que por momentos me hacía más mal que bien. No era consciente entonces de la suerte que atesoraba en ese lugar y tiempo; no había teléfonos móviles con los que malentretenerse, ni objetivos productivos que cumplir. Tampoco tenía que intentar ser un referente de nada de cara a la galería, ni me preocupaban aspectos supuestamente tan “importantes” como mi futuro.
Éramos solo yo y la sana costumbre de no hacer nada; impuesta sí, pero beneficiosa hasta decir basta, aunque no fuera consciente de ello en ese preciso instante. Muchos años después cuando la ansiedad, la depresión o la más pura de las infelicidades tocan tu puerta e impregnan tu alma de un sabor amargo, entonces y solo entonces, echando la vista atrás, te percatas de todo aquello. De cómo en aquella inactividad momentánea era suficiente para reequilibrarlo todo.
En la actualidad, en un mundo en el que cada año más de 720.000 personas fallecen por suicidio, donde además las personas se sienten más solas que nunca (a pesar de estar completamente interconectadas) y en definitiva lo tecnológico se impone a lo filosófico y espiritual, es más necesario que nunca recobrar algunas de aquellas sanas costumbres que antaño tanto bien nos hacían. Quizás no tengamos edad de estar dándole patadas a un balón en la plazoleta del pueblo, o sí, según las prioridades de cada uno.
También es muy probable que haya pasado nuestro tiempo de echarnos una partida “al huevo” o “al pique” con nuestras canicas y los hijos del vecino. Lo que no deberíamos de desechar de manera definitiva es la idea de volver a cultivar esa sana costumbre de no hacer nada. Ya sea reflexionando, mirando lo que nos rodea o simplemente visitando aquellas musarañas que antaño, por pura imposición, lograban serenar aquel agitado impetu que sigue anidando hoy en nuestro maltratado espíritu.