Me contaba el otro día uno de mis “muy mejores amigos”; “¿Sabes que Pepito se ha divorciado?”… “Hostias que me dices” — le contestaba yo simulando asombro —. “Si, la mujer se ha pirado con un compañero de trabajo, con el que se ve llevaba liada desde hacía tiempo”, me aclaraba de manera pausada y concisa el colega.
Yo, que no soy muy dado a sacar conclusiones sobre el matrimonio de otros (cada uno cuenta la feria como le interesa), le contesté con un “qué jodienda macho, ¿no?”. Él terminaba sentenciando con un “sí es que son todas una putas” y yo preguntándole si mi mujer también lo era a lo que, de manera muy seria y diplomática, me acabó contestando “la tuya no, hostias. La tuya es una santa.”
Matrimonios de otros tiempos
Es un hecho, está a la orden del día. Los divorcios se han convertido en una tendencia habitual entre parejas de mediana edad. Nada extraño, por otro lado, si tenemos en cuenta el circo social del que somos partícipes en los tiempos que corren.
Hemos creado un mundo de exigencia (hacia el otro), y altas expectativas que difícilmente terminan cumpliéndose. La presión a la que están sometidas muchas parejas (o al menos una parte de las mismas) se convierte por momentos en insostenible, con lo que ello termina conllevando en muchos casos; divorcio al canto.
Lejos quedan ya aquellos matrimonios que se juraban amor eterno, en lo malo y en lo bueno, pasara lo que pasara. Las necesidades han cambiado y con ellas el modelo de relaciones entre personas. Es por ello que el nivel de aguante ha menguado de forma considerable, por decirlo de manera suave. Eso de ponerse en el lugar del otro ya si eso que lo haga el que venga detrás.
Por supuesto en esto de los divorcios se juntan infinidad de factores que precipitan la situación tarde o temprano. Incluido el manido discurso feminista del que disfrutamos de unos años atrás a esta parte. Esto se traduce en un abuso de poder por parte de ellas, respaldado y financiado por el propio Estado; es decir, con los impuestos de aquellos afectados que muy probablemente terminen divorciados, cuando no tras los barrotes.
Esto no aplica-no al menos con la misma contundencia— si eres negro y/o musulmán. Ya sabemos que el hombre machirulo opresor, es generalmente blanco, cristiano y de derechas. Así, bajo este mantra que muchos y muchas tienen grabado a fuego, matrimonios de todo tipo y condición terminan haciendo aguas mas pronto que tarde.
Los tortazos educativos de Mohammed
Hace cerca de 20 años, en mi época de operario de la construcción, tuve durante unos días a un ayudante marroquí llamado Mohammed. El tío tenía dos capacidades muy bien desarrolladas: quedarse dormido de pie (literal) y darle dos ostias a su mujer cada vez que creía que esta no había actuado correctamente.
Esto último me lo confesó una mañana tras una bronca sonora que nos dio María, la que por entonces ejercía como técnico de prevención de riesgos laborales dentro de la empresa. Él la miraba con desprecio y, de haber podido, también hubiera aplicado sobre ella la misma costumbre milenaria con la que maltrataba a su esposa de desde no se sabe cuando.
“¿No te da vergüenza decir esas cosas anormal?”, le contesté cuando me hizo saber lo que se merecía la de seguridad, bajo su religioso criterio, exponiéndome además como lo hacía efectivo con su mujer cuando se le antojaba; “es la palabra de Alá, amigo, tú no entiendes”, terminó diciéndome. Aquella misma mañana solicité el cambio y nunca más supe de él.
Sin embargo, muchas veces he recordado aquella escena con desasosiego y un profundo rencor, suponiendo que el colega seguirá “felizmente casado” gracias a tener a su señora bien educada bajo su infalible método milenario. El mismo, por cierto, que sufrieron muchas españolas en años de posguerra y posterior dictadura franquista. A aquellas no se les pasaba por la cabeza la idea de divorciarse y de hacerlo, podían tener la desgracia de que el marido se lo quitara de la cabeza a base de golpes.
Hijos, apariencias e independencia económica
Sin embargo, el cuento ha cambiado mucho; cada cual que saque sus conclusiones personales en función a lo que sufra o disfrute según su propio criterio. Lo que si he observado es como hay una serie de factores que condicionan los divorcios en la actualidad de muchas parejas que, de poder, ya lo hubieran mandado todo a la mierda hace una vida y media.
Me refiero a cuestiones para nada baladís, pero que de algún modo truncan la ansiada libertad de una o ambas partes del matrimonio. Sin duda alguna la expresión “no nos divorciamos por los críos” la he escuchado personalmente en más de una ocasión. Sinceramente, siento una sensación agridulce hacia aquellas personas que determinan prevalecer juntos en pro del bienestar de los hijos. Es entendible a primera vista, aunque por la punta este tipo de acuerdos no suelen salir como uno espera…
Otra de las principales causas por las que no hay aún más divorcios en estos días es sin duda por esa manía tan nuestra de “guardar las apariencias”. La gente aguanta lo que le echen con tal de no enfrentarse al “que dirán”. Muchos matrimonios actúales, generalmente ya entrados en una edad, siguen a pies juntillas este patrón. Indudablemente, los hay que al final implosionan en el momento menos esperado: “ya te dije yo Juani que a tu marido le iban los maromos”… por cosas así.
Por último, no menos importante y a la orden del día está la cada vez más complicada independencia económica de las personas. Si se hace cuesta arriba mantener un hogar familiar, imagínense como debe de ser hacer lo propio con dos. Tú te divorcias y toca buscar otra casa en la que poder ejercer la custodia compartida. Los recibos por ende se multiplican y con ellos los problemas. No llegar a fin de mes se ha convertido en una costumbre para infinidad de personas, divorciadas o no, aunque para los primeros es mucho más sencillo que se le dé una situación así.
25 años de matrimonio no están al alcance de todos
“Creo que tú y fulano sois ya los únicos que conozco que seguís con vuestras respectivas parejas después de tantos años”, me terminaba comentando el colega del principio. Verdaderamente, es así, aunque los motivos para haber atravesado la frontera de los 25 años junto a la misma mujer son muchos y variopintos. Supone un servidor que la suerte se habrá puesto de su parte, al no tener que enfrentarse (de momento) a un divorcio por las causas arriba expuestas.
Ni hijos ni apariencias entrarían como posibles dentro de la ecuación. Tampoco lo económico, ya que uno cada vez se mantiene con menos; es lo que tiene tener bien aprendidas las lecciones zapaterescas (y de esos que dicen ser de izquierdas, en general) en las que el personaje se vanagloriaba de ser socialista por “tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”… Tócate los huevos morenos.
Igual Joselu termina entre rejas y divorciado, sin que le hablen esas hijas góticas que tiene, fruto de haberlas metido en sus chanchullos y las posibles consecuencias que eso les pueda traer a corto y medio plazo. Lo que queda claro en toda esta historia, incluyendo a ZP, es que vivimos malos tiempos para la lírica… Y el matrimonio.
El mundo ha cambiado demasiado en apenas unas décadas y lo que para algunos se ha convertido en derechos sociales y libertades, para otros no son más que herramientas con las que acabar con el modelo familiar hasta ahora imperante. Menos mal que tenemos el país hasta arriba de inmigrantes procreando, esos mismos que nuestros políticos vaticinan que terminarán pagándonos las pensiones a todos… Vaya usted a saber.