Desde hace apenas unos días Jose Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido en el foco principal de nuestra actualidad pasando de ser el expresidente de gobierno más inverosímil de nuestra historia (incluso más que Rajoy) al más que probable cabecilla de una red delictiva de blanqueo de capitales, tráfico de influencias y chanchullos varios. Algo, por otro lado, que se veía venir en los últimos tiempos.
Tanto es así que él mismo, desde hace unos meses, viene proclamando a los cuatro vientos su nula vinculación con el rescate financiero de Plus Ultra. El problema aquí es que la causa relacionada con la aerolínea española parece ser, según las primeras investigaciones, la punta del iceberg de una trama mafiosa de magnitudes épicas; debemos pensar que solamente se han hecho públicas parte de las diligencias y que “lo mejor” está por venir.
Sin embargo, lejos de centrar esta pequeña reflexión en los tejemanejes de ZP, para eso ya están los medios especializados en estos asuntos (y aquellos que se las dan de lo mismo), es innegable pensar como alguien tan mediocre haya podido alcanzar cotas tan altas de poder para posteriormente enriquecerse de manera fraudulenta aprovechando sus influencias políticas o la miseria que sufren millones de venezolanos desde hace décadas.
Zapatero, el espejo en el que mirarnos
Repasando la biografía de Zapatero uno comprueba con pavor que lleva desde 1986 (nació en 1960), viviendo de la política. Ya sabemos lo que pasa cuando alguien hace de esta su profesión como es el caso de todos y cada uno de los dirigentes de los partidos que conforman el arco político español. En el mejor de los escenarios, al menos para los intereses del ciudadano de a pie, en última instancia la mayoría de ellos terminan viviendo a cuerpo de rey en algún consejo de administración.
Generalmente en una de esas empresas a las que favorecieron mientras estuvieron ejerciendo de políticos. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, Zapatero es un caso especial; un tipo al que solo hay que mirarlo a los ojos para saber que estás ante un farsante. Alguien que lleva años llenándose la boca de palabras tan prostituidas como paz, consenso, igualdad y demás lemas característicos del wokismo. Ideología, por otro lado, a la que ha estado representando institucionalmente desde que llegó al poder en aquellas fatídicas elecciones del año 2004.
Sin duda una fecha clave en nuestra historia en la que él y la cúpula del PSOE al completo aprovecharon la coyuntura social vivida tras los atentados perpetrados en Madrid el 11 de marzo de aquel mismo año, para hacerse con el gobierno de la nación, mientras se intentaba identificar los cuerpos de los 191 asesinados. Lo acontecido a partir de ese momento y el colapso general que vive España en estos días, a todos los niveles, es en gran parte culpa de las decisiones políticas adoptadas durante su mandato.
Con su salida de la presidencia en el año 2011 a Zapatero parece ser que le pareció escasa la pensión de cerca de 80.000 euros anuales que cobran los expresidentes de gobierno españoles. Además, disponen de dos funcionarios a su servicio, coche oficial y escolta privada por el resto de sus días. Así que decidió montárselo por su cuenta y encontró en Venezuela, particularmente, un filón que ni el mismo podría haber imaginado ni en el mejor de sus sueños.
Tanto es así que bajo el difuso paraguas de mediador internacional, y aprovechando su estatus de expresidente, ha estado haciendo negocios de toda índole en el país latinoamericano. Incluso el ex-jefe de la Inteligencia Militar del chavismo, Hugo ‘El Pollo’ Carvajal, confirmó en 2021 que Zapatero era propietario de una mina de oro en el país. En apenas 20 años Zapatero ha pasado de darnos lecciones de democracia y moralidad a embolsarse cantidades millonarias mediante una elaborada red de influencias y favores políticos.
No conforme con ello también ha hecho partícipes del negocio a sus dos hijas, las mismas que muy probablemente terminen sentadas en el banquillo junto a papá… Imagínense la foto. En cualquier caso lo de Zapatero no es más que el espejo donde mirarnos como sociedad. El pueblo es lo que vota y viceversa. Es por ello que la historia del expresidente no es más que otra de tantas de esas de saber estar en el sitio adecuado, en el momento preciso, junto a las personas indicadas. Lo demás es historia.
A partir de aquí debemos de preguntarnos qué tipo de sociedad hemos creado para que alguien como Zapatero, Feijóo, Sánchez, Abascal y demás mercenarios de la política tengan la llave de nuestras vidas. Como es posible que sigamos creyendo y posteriormente aguantando a esta gente convertida en una especie de casta intocable, capaces de lo que sea por alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Zapatero es la viva imagen de este paradigma donde alguien sin más dotes que las de embaucar al populacho ha logrado medrar en las instituciones españolas durante media vida.
No contento con ello ha dedicado los últimos años a enriquecerse de manera ilegal vía una dictadura corrupta y criminal que lleva décadas saqueando Venezuela y ha provocado el exilio de cerca de ocho millones de personas. Dicho esto uno se pregunta a título personal: ¿de verdad a alguien le ha sorprendido la imputación de este señor? Y no hablo de todos aquellos paniaguados de su misma calaña que viven al socaire de la estructura política que les ofrece la nefasta izquierda española.
Esos mismos que salieron ipso facto a defender a Zapatero nada más conocerse su imputación y que apenas unas horas después recogían cable a tenor de los hechos, los indicios y las pruebas que lo inculpan. En cualquier caso, como si del día de la marmota se tratara, revivimos la historia una y otra vez bajo un mismo patrón: gente mediocre y corrupta que se adueña de las instituciones con un único fin, enriquecerse.
El ejemplo más reciente lo tenemos con Cerdán, Ábalos, Koldo y compañía. Esos que pasaron de ser (según sus compañeros de partido) hombres de bien y víctimas de una justicia viciada, a unos auténticos desconocidos en el ámbito privado. Los mismos que ahora son tratados como apestados sin derecho a réplica por esos mismos que ponían la mano en el fuego por ellos.
Todo apunta a que Zapatero acabará del mismo modo que los integrantes de la “Banda del Peugeot”, aunque marcando un importante precedente nunca vivido en Democracia: ser el primer presidente del gobierno que termine tras los barrotes de una celda. Esto nos ofrece una visión clara de la decadencia institucional a la que asistimos mientras la partitocracia queda en entredicho ante los ojos de aquellos que la confundieron con un sistema democrático.
Un hecho del que son totalmente conscientes sus integrantes, los mismos que decidieron aparcar sus principios para dar rienda suelta a su infinita ambición con un claro objetivo: subyugar al pueblo mientras engordan su cuenta corriente. Y para muestra un botón, donde gente como Zapatero demuestra su codicia desmedida, pero también el alto grado de soberbia que los caracteriza. La misma, por otro lado, que termina delatándolos, mientras sale a relucir el fango moral y legal en el que se revuelcan como si de una piara de cerdos se tratara.