Una Mente Corriente

El marcapáginas olvidado de Wallapop

Han pasado ya unos cuantos años desde que me dio por comprar libros de segunda mano. Esto no quiere decir que no haga lo propio dejándome unos euros asiduamente en publicaciones literarias de nueva factura. Sin embargo, hay algo especial, no sabría cómo describirlo, cuando uno se hace con un ejemplar usado similar al que recientemente adquirí en Wallapop, y por el cual he terminado tecleando estas líneas a razón de un marcapáginas olvidado en su interior…

Mucho antes que el marcapáginas

Lo dicho; recientemente busqué y encontré un título que llevaba tiempo pensando en comprar. Tanto es así que en su momento reservé un ejemplar en el mismo momento que su autor lanzó la preventa en su web oficial, meses antes de la publicación editorial al uso. Posteriormente, cuando llegó el momento de la distribución, la empresa de transporte encargada de dicha tarea en lugar de dejarme el paquete en casa terminó haciendo la entrega en lo que se conoce en el argot como “punto de recogida”.

Es decir, tú pagas un envío a tu domicilio, pero, por motivos que uno desconoce, el repartidor decide en última instancia depositarlo a unos cuantos kilómetros de la dirección indicada con la excusa de que en el momento de la entrega “el cliente se encontraba ausente”, algo, por otro lado, totalmente falso, si nos regimos a los datos aportados por el susodicho en su momento. Que me voy por las ramas.

Víctima de la situación y fruto del calentón del momento, solicité el reembolso de mi dinero y la propia devolución del libro; ese mismo, por otro lado, que nunca llegué a tener en mis manos. Así que llegamos al momento en el que, varios meses después de todo el embolado recientemente descrito, me pongo a la búsqueda del libro en cuestión en la famosa plataforma de venta de artículos.

Una compra más como otra cualquiera

Nada más meter en el recuadro de búsqueda el título me aparecieron varios ejemplares a la venta. Con tranquilidad comprobé el estado de los mismos, gracias a las fotografías publicadas, y me terminé decantando por uno que ofrecía un tal Álvaro de Madrid. Hice la compra y a los pocos días recibo un paquete con el libro en su interior.

Es en el momento de sacarlo del envoltorio, al ir a comprobar su estado, cuando me percaté que entre sus páginas había algo que a todas luces no formaba parte de la propia fisonomía de la obra, concretamente un marcapáginas. Para ser más exactos uno hecho a mano y con una inscripción de felicitación por el Día del Padre. Después de una ojeada rápida al libro hago lo propio con el marcapáginas.

Este, fabricado con una tira de folio y posteriormente plastificado, está pintado a mano por un niño de primaria y además en su parte inferior, caligrafiado a lápiz con la típica letra “destartalada” característica de cualquier infante a esas edades, se puede leer de manera clara “Feliz Día del Padre”; justo debajo de la inscripción principal un “Te quiero mucho papá”.

Uno hace lo que debe de hacer

En ese momento se me viene a la cabeza la escena en la que esa criatura, cargada de la inocencia y felicidad típica de un niño que apenas acaba de empezar a caminar en este mundo desquiciado en el que vivimos, le entrega a su padre tan simbólico regalo. Probablemente, el primero que le ha hecho a su progenitor en sus escasos años de vida. También me imagino la cara de este último al recibirlo, disfrutando de un momento único, de esos que se suelen recordar para los restos.

Tras divagar unos minutos mientras observo a Danko y Tula tirados en el suelo intentando combatir el calor veraniego, decido mandarle un mensaje al propietario de tan singular objeto para comunicarle que su marcapáginas del Día del Padre se encuentra a cientos de kilómetros de su domicilio. Concretamente en el mío, junto al libro que días antes me había vendido por un precio módico:

-“Buenas tardes, Álvaro. He recibido el libro hace un rato y, para mi sorpresa, al abrirlo me he encontrado un marcapáginas dedicado por el Día del Padre.

-No me digas que me lo deje dentro… Me gustaría recuperarlo. Si te parece puedes anunciarlo en la misma plataforma por una cantidad módica y te hago la compra. Lo único es que tendrías que acercarlo a correos.

-Vamos a hacer una cosa mejor. Pásame tus datos de envío y te lo mando por carta certificada, asi nos aseguramos de que llega sin problemas ¿te parece?

-Te lo agradezco mucho y la verdad, me sorprende que me hayas hecho saber que el marcapáginas estaba dentro del libro”.

Días después del envío Álvaro me confirmó que había llegado en perfectas condiciones, agradeciéndome nuevamente el hecho de que lo contactara para avisarle de lo sucedido y que posteriormente me ofreciera a enviarle el marcapáginas por carta certificada. Simplemente, pensé en lo que un servidor hubiera deseado que ocurriera, si aquella situación se hubiera dado justamente de manera inversa.

Porque Si bien hay cosas que no tienen un valor económicamente hablando, por el contrario, atesoran una importante carga sentimental. Este es el caso del marcapáginas olvidado de Wallapop, ese mismo que algún año recibió Álvaro de manos de su hijo el Día del Padre y el mismo también que, por motivos varios, probablemente fruto de la teoría de Sincronicidad de Carl Jung, terminó entre mis manos un tiempo después.

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