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Hasta dar “los buenos días” se ha puesto caro

Ya sabemos cómo está la vida en general, principalmente aquello que acontece en torno a la economía mundial. Todo se ha puesto por las nubes y, por primera vez en la historia moderna, trabajar no es igual a poder tener una existencia digna. Con precios desorbitados en aspectos tan cotidianos como la cesta de la compra, otros bienes de primera necesidad se están convirtiendo casi en un artículo de lujo al alcance de muy pocos.

Destaca aquí el tema de la vivienda que en estos momentos bate récords históricos en cuanto a precio medio en las zonas más importantes del país; “un derecho por imperativo constitucional” esgrimen sin escrúpulo alguno los políticos de turno cuando hacen referencia a este bien fundamental para el desarrollo personal, social y familiar de cualquier ciudadano.

Un carajo como una locomotora de tren, es en lo que se ha convertido el mercado inmobiliario y por ende las posibilidades del europeo medio de poder tener una vivienda en propiedad. Mejor no hablamos de cómo está el panorama en lo referido al alquiler de larga temporada, ese que parece casi extinto dentro de la escueta oferta actual. Un verdadero desastre de magnitudes que aún no podemos calcular, pero que nos pasará la pertinente factura social más pronto que tarde.

Dar los buenos días convertido casi en un lujo social

En cualquier caso no vengo en esta ocasión a quejarme y criticar el paupérrimo estado económico que atravesamos en estos tiempos de progreso, igualdad, inclusividad y no sé cuántos mantras ideológicos más a cuenta de Pedro I “El Guapo” y su séquito. Más bien a exponer una realidad percibida por un servidor en materia puramente social.

Me refiero al hecho de que muchas personas (de todo tipo y condición) han desechado definitivamente la idea de dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches, según el momento del día que se tercie, cuando por la cuestión que sea se cruzan con alguien, o simplemente entran o salen de algún lugar público en concreto.

Y vengo a “denunciarlo” porque en los últimos días han sido varias las veces que diciendo el correspondiente “buenos días” en distintos sitios y circunstancias, me he topado con el silencio y la indiferencia más absoluta. Aún peor; ni me han mirado o simplemente han bajado la cabeza al cruzarse conmigo para ahorrarse el tener que devolverme la cortesía.

A ver, analizando la situación de la manera más aséptica posible se me vinieron a la cabeza varios motivos por los que los fulanos y fulanas en cuestión (no sé si entre ellos también habría alguno que se percibiera fulane) no han sido recíprocos con mi saludo mañanero. La primera de ellas es que pudiera ser que entre todos ellos hubiera alguna persona sorda. También cabe la posibilidad de que cualquiera de los saludados fuera mudo.

Voy un paso más allá… ¿Serían sordomudos en su totalidad? Sin salirnos de las deficiencias físicas es posible que no me vieran, por el hecho de ser ciegos, algo que descarto porque como ya he comentado en una ocasión agacharon la cabeza al cruzarse conmigo en una misma acera y en la otra, las tres “educadas” personas que se encontraban en el local donde yo hice acto de presencia, me miraron para seguidamente torcer la chorla y hacer como si no existiera.

Haciendo cábalas, no es la primera vez que lo pienso, según qué días y aún más en fechas estivales de verano, luzco un moreno caribeño que me imprime una pinta de norteafricano de manual. Quizás los señores y señoras que no me devolvieron los buenos días pensaron que podía ser marroquí, argelino o vete tú a saber.

La educación y el saber estar en serio peligro de extinción

Tal y como está la cosa por la zona, por más que los que están al mando quieran hacer ver y entender lo contrario, los lugareños y los “de fuera” se comen el chocolate de lado de un tiempo a esta parte. Una situación que podría terminar desembocando en que unos y otros no terminen dándose los buenos días, en el mejor de los escenarios posibles, aunque todo apunta a que este será el menor de nuestros males. Al tiempo.

Aclarado el panorama cívico social de la zona, he de decir que esta teoría me podría servir en el caso de la señora con la que me crucé la otra mañana dentro de la urbanización en la que actualmente resido, y a la que cortésmente le cedí a ella y su perro la acera mientras yo me bajaba de la misma y le daba los buenos días. Lejos de mostrarme su agradecimiento con un recíproco saludo vespertino, la tipa agachó la cabeza y siguió para adelante como si tal cosa.

En su favor diré que tenía pinta de guiri y gesto de ser poco dada a saludar de buena mañana. Ni a un servidor, ni a la madre que la parió. Cosas de vivir en un resort de “alto standing”, o así lo denominan aquellos que miran la situación desde fuera. Sin embargo, los tres sujetos que se encontraban en la administración de loterías donde yo hice acto de presencia hace apenas unos días, no pueden ser excusados por este motivo;

Concretamente, una señora marroquí entrada en años, un tipo con pinta de indio o pakistaní y un yonqui conocido del pueblo que me miró con cara de “¿quién será el gilipollas este con pinta de moro?….” Tal cual. Llegados a este punto mi conclusión en esta materia es clara y me remito a una de las últimas citas literarias, obra del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que se ha virilizado en algunas redes sociales;

“Hoy no tenemos tiempo para el otro. Y solo el tiempo del otro crea lazos fuertes, amistad y comunidad”. A tal punto ha llegado el asunto que por el camino hemos perdido la capacidad, tan siquiera, de ser educados, empáticos, consecuentes con la gentil acción de él de en frente. Un simple buenos días, se ha convertido casi en un lujo que muy pocos son capaces de ofrecer a aquellos con los que en algún momento comparten momento o situación.

Esto nos lleva a la vez a aquello que casi todos sabemos, pero tardamos en descubrir; cada uno va a la suyo. Un hecho tan viejo como el mismo mundo, pero que, sin embargo, está más de actualidad que nunca en nuestros días. No es más que la consecuencia de la falta de educación, valores y lucidez cada vez más propagada en nuestra sociedad. Vamos, que la estulticia va ganando afiliados con el pasar del tiempo.

Para estas cosas, por desgracia, no hay remedio. Hay quienes con los años, la experiencia o el haber sido objeto de los desdenes de la vida, son capaces de poner en valor pequeños actos tan banales como el dar los buenos días a aquel con el que te cruzas. Otros, ni en esta vida ni en cien más serán capaces de dilucidar tal cosa, fruto de su necedad, pero sobre todo de una carencia supina de sentido común y saber estar.

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