Una Mente Corriente

Antonio y su dilema moral con los hijos de puta

“Hay que ver Jorge que poca palabra tiene la gente”, me confesaba el bueno de Antonio hace apenas unos días; “A ver, eso siempre ha sido así y seguirá pasando. Lo que ocurre actualmente es que el nivel de imbéciles e hijos de puta ha crecido exponencialmente en los últimos años, ¿no te has percatado?”, le intentaba hacer ver un servidor… Y se hizo el silencio en la mesa mientras el susodicho asimilaba mi “radical” punto de vista sobre la cuestión.

Hijos de puta por doquier

Esta charla distendida con Antonio, uno de esos amigos setenteros que tengo la suerte de atesorar, concluía con un “quizás lleves razón, aunque es una pena que ya no queden tíos que se vistan por los pies”. Sí que los hay, de hecho él es uno de ellos, aunque quizás esa forma de enfocar la vida y caminar por este mundo que nos ha tocado transitar, sea fruto de la edad y una mentalidad muy alejada de los estándares de pensamiento y actuación que se profesan hoy día.

Posteriormente a nuestro entretenido desayuno junto a su hijo, ya camino a casa, tuve tiempo de reflexionar sobre esa forma tan particular de afrontar las cosas que posee el bueno de Antonio, siempre con una sonrisa pintada en la boca y un nivel de educación y positivismo que muchos “lisensiados” quisieran para sí mismos. Es lo que pasa cuando has bregado como un cabrón durante media vida y le das la importancia que se merece a eso de tener palabra, de ser consecuente.

No solo eso; Antonio es una de las pocas personas que conozco que vive y deja vivir y además lo hace sin más pretensiones que la de pasar su tiempo junto a los suyos. En definitiva alguien que mantiene a raya la desidia, el nihilismo y la polarización generalizada que invade a buena parte de la sociedad. Una verdadera rareza en estos días grises donde cada vez es más difícil encontrarte con gente así.

Quizás por todo ello, por su particular forma de ser, siga teniendo fe en el buen hacer de el de enfrente, creyendo casi ingenuamente en que todo el mundo atisba al menos una parte de esa bondad, saber estar y compromiso que a él lo caracterizan. Nada más lejos de la realidad. La gente de hoy no entiende lo que significa eso de cumplir con lo pactado o simplemente no joder al de en frente buscando el beneficio propio. Vamos, lo que viene siendo la vida en estado puro.

Esa actitud ante la vida hace ya bastante tiempo que pasó a la historia en la mayor parte de momentos y situaciones que vivimos dentro de nuestra cotidianidad. Hacer con cualquier fulano lo que te gustaría que hicieran contigo, o justamente lo contrario, no entra dentro del concepto ético y cívico de la inmensa mayoría de la gente que pulula a nuestro alrededor.

Lo chocante en todo este asunto es que Antonio se sorprenda por ello, casi negándose a creer que nada va a cambiar a ese respecto. Quizás por ese motivo hay que desechar de facto cualquier expectativa respecto al comportamiento de un tercero hacia ti y tus intereses más primarios. Nadie está dispuesto a ceder un milímetro de su parcela para favorecer a cualquier otro. Ni siquiera cuando moralmente debería de ser así o al menos lo justo desde un punto de vista moral e incluso filosófico.

Ser consecuente no va con la mayoría. Apechugar con lo que toca, mucho menos. Y no es casualidad, para nada. Es el resultado acumulado de un nivel de estulticia supino. Los idiotas campan a sus anchas y además están respaldados por aquellos (los políticos de turno) que los necesitan para llevar a buen puerto sus intereses.

Para desgracia del resto eso no es lo peor, qué va. La propia evolución de esos idiotas e ignorantes desemboca en una fauna uniforme donde abundan los citados hijos de puta. Los mismos que Antonio no llega a ver, o mejor dicho, no quiere aceptar que existen. Porque desde su benévola mirada siempre hay un resquicio desde el que observa a cualquiera aplicando el beneficio de la duda.

Luego, por desgracia para él, se suele llevar desengaños tremendos y con voz pausada me expresa su congoja en forma de “hay que ver Jorge que poca palabra tiene la gente y como han cambiado los tiempos”. Poca, muy poca, Antonio, aunque lamentablemente eso ya no es novedad, más bien una aberrante tendencia disfrazada de modernidad y progreso que campa a sus anchas en una sociedad infame y decadente hasta decir basta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio