Una Mente Corriente

«Hay lugares de los que uno ya nunca regresa»

Desde hace ya unos cuantos años los veranos se me han vuelto algo (por no decir completamente) insoportables. El calor casi soporífero de mi Región de Murcia natal unido al aluvión de gente en “plan vacaciones” o el incremento ostensible de guiris en la zona donde resido, son algunas de las cuestiones primordiales por las que mi relación con la estación estival lleva herida de muerte hace ya bastante tiempo.

Y es curioso lo que le cambia a uno la percepción de algo con el pasar de los años; de niño deseaba que llegaran los días de sol y playa, sinónimo de estar de vacaciones en el colegio. Estar a todas horas en la calle derrochando energía (la que ahora no tengo) pegándole patadas al balón, correteando con los amigos o imaginando si aquella compañera del colegio por la que estaba colgado se enteraría en algún momento de mi existencia vital, era algo que literalmente me llenaba de vida.

Cuando todo se va al carajo en un instante

Más allá de los aspectos ya citados, el verano desde hace ya 14 años, es el momento del año que me retrotrae a un instante y lugar donde nunca hubiera deseado estar. Además, me hace recordar, como si de un castigo eterno se tratara, como la vida se parte en un segundo cuando la desidia lo inunda todo y a la suerte la pillaste cerrada por vacaciones.

Aquel 18 de junio de 2014 me levanté creyendo, fruto de mi ignorancia, que sería un día más como otro cualquiera de los que había vivido hasta entonces. Sin embargo, al acabar la jornada no solo me había quedado sin un hermano; también me convertiría sin saberlo en un rehén de aquella dantesca escena en la que la negligencia y dejadez de una panda de hijos de perra marcaría el devenir de mis días para siempre. 

Cuenta Arturo Pérez-Reverte en su último libro “Enviado Especial, Una biografía de Guerra” que “hay lugares de los que nunca regresas del todo. Se quedan suspendidos en el tiempo y la memoria, y de vez en cuando cierras un momento los ojos —a veces ni siquiera hace falta cerrarlos— y te encuentras de nuevo en ellos. Hasta puedes oírlos y olerlos”. Ante ti pasan imágenes, sonidos e incluso olores, como el mismo bien apunta, que te empujan a revivir el momento sin poder evitarlo.

Tras la batalla que lo asola todo llegan hasta tu mente una ráfaga de preguntas que terminan por derrotarte en tu interior. Lejos de morir el recuerdo en ese preciso momento eres consciente que, como si de un bucle infinito se tratara, tarde o temprano, volverás a ese preciso instante teniendo la plena certeza de que nada va a cambiar respecto a la vez anterior; no hallarás las respuestas que tanto has buscado y necesitas; tampoco el consuelo de saber que hiciste todo lo que estaba en tu mano por haber cambiado el ápice necesario para que todo aquello nunca hubiera ocurrido.

Soplando velas desde el recuerdo

Las debacles emocionales casi siempre quedan ancladas al recuerdo, ese mismo, curiosamente, al que aspiramos poder abrazar por el resto de nuestras vidas; una fotografía, una vivencia o una fecha señalada se convierten en parte indivisible de un corolario sentimental encargado de sustentar la razón de ser del mismo. Quizás por ello, cada 24 de agosto, imagino estar sentado junto a él en una mesa presidida por una tarta, y sobre ella una vela en forma de número equivalente a la edad que cumpliría mi hermano en cada ocasión.

En un día como hoy, que marcó un antes y un después en la vida de un servidor, recupero y actualizo una de las dedicatorias que escribí hace ya unos años con motivo de esta fecha tan señalada en mi calendario personal:

“Te marchaste demasiado pronto, dejando atrás un aire confuso y deteriorado.

Hoy te caerían 42 primaveras y supongo que, como entonces, te hubiera mandado como felicitación alguna de mis gilipolleces en forma de parodia, respecto a algún rasgo tuyo en general.

La realidad es que hoy, 14 años después de que nos dejarás aquí huérfanos de ti y tu nobleza, todo sigue en modo stand-by, como si el piloto automático de la vida siguiera esperando a que alguien presionara el botón de ON y todo volviera a ser como antes.

Ya sabemos que eso no ocurrirá, sin embargo esa arraigada esperanza de volver a cruzarnos contigo, la misma que viene y va como el aire, sigue intacta desde que te marchaste sin decirnos adiós.

Solo puedo desearte un feliz cumpleaños, desde este lugar en el que la vida sigue su desacompasado vaivén y donde en ocasiones, seguimos imaginando el día de un ansiado reencuentro… En cualquier momento… En cualquier lugar.

Feliz 42 cumpleaños Kapelo y no te olvides de que los que aquí nos quedamos, te echamos constantemente de menos”.

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