Una Mente Corriente

La cultura de la instantaneidad


“Nene, a ti lo que te pasa es que quieres huevo frito y al plato”
… Y no le faltaba razón. De esta interacción personal con un excompañero de trabajo (de mi época de encofrador) han pasado más de 20 años. En su momento aludía a mis prisas e intransigencias con algunas labores que estábamos realizando en aquel preciso instante. Lo curioso del asunto es que a un servidor se le quedó grabada a fuego aquella expresión coloquial, la misma, por cierto, que nunca antes había escuchado en mi vida.

Tampoco es que yo hubiera vivido demasiado hasta entonces; con apenas 20 años me había lanzado a la arriesgada aventura de “descubrir el mundo”. Con esa edad uno se cree más listo que nadie; más preparado que nadie y, en última instancia, el mismísimo centro de la existencia terrenal, si es que hubiera forma humana de calcularlo. Nada más lejos de la realidad.

La cultura de la instantaneidad como forma de vida

Casi un cuarto de siglo después se han diluido por el sumidero de vivencias aquellas prisas por alcanzar, terminar, generar, etc., esto o aquello. Sin embargo, esa cultura de la instantaneidad está más presente que nunca en el mundo que nos está tocando vivir. Tanto es así que lo del “huevo frito y al plato” podríamos decir que ha quedado obsoleto con el nivel de exigencia colectiva al que estamos sometidos.

Ahora es más bien un “para ayer es tarde”, o algo así. La gente cree en su frágil conciencia colectiva que todo es posible de quererlo y además se sienten en el derecho de poder alcanzarlo ya mismo. Están convencidos de que todo debe procesarse bajo el paraguas de la inmediatez. A ver, no está mal tener metas y poseer el punto adecuado de ambición, siempre y cuando esta última no se apodere de ti y engulla tus principios más básicos.

El problema es cuando muchos de los jóvenes de ahora, esos que yo miro y en los que no me encuentro, anhelan las vidas ficticias de instagramers, youtubers y no sé cuántos “ERS” más reconvertidos profesionalmente a la cuestionable profesión de “vender humo”. No sé si por ignorancia o simplemente pura falta de experiencia, no son capaces de dilucidar que la supuesta e idílica existencia de los susodichos suele existir, sí, pero un universo paralelo que nadie conoce.

De darse, en su mayoría, es fruto de dedicarse a negocios poco éticos donde el modelo piramidal suele ser el abanderado de los mismos. Incluso en el supuesto de producirse bajo un manto de moralidad y buen hacer, las cosas no son llegar y “besar el santo”. Tampoco el “huevo frito y al plato” que Angel Mesas (así se llamaba aquel buen hombre) me espetó aquella helada mañana de un mes de marzo mientras encofrábamos una escalera.

Nada termina siendo como pensábamos

Esa citada cultura de la instantaneidad donde el esfuerzo, el esmero o la dedicación parece no tener por qué formar parte de la ecuación del éxito, dista mucho de lo que termina sucediendo “en directo”. Siempre cabe la posibilidad de tener unos papis con muchos posibles o que a uno le toque el sorteo de Euromillones. Por lo general, a la inmensa mayoría de los mortales no suele abrazarnos la diosa Fortuna ni con una cosa ni con la otra.

Así que lo único que queda es remar; tirar del carro hacia adelante ideando fórmulas con las que mejorar ese proceso tan ansiado y que hemos idealizado a fuego en nuestro interior. Buscar alternativas eficientes a todo aquello a lo que nos dedicamos o queremos hacerlo y en definitiva trabajar como un cabrón en favor de un objetivo final. No suena bien, lo sé.

De hecho aún hoy lo pienso y me inunda la mayor de las perezas fruto, entre otras cosas, de haber dejado aparcadas muchas aspiraciones que otrora creía plenamente viables y que, con el tiempo, he ido desechando en un ejercicio de aceptación y entendimiento. Y sí, es cierto, a casi todo el mundo le gustaría tener un coche mejor, una casa más grande, una segunda residencia de playa y un sin fin de cosas, generalmente materiales, que cuestan tiempo y dinero poder alcanzarlas.

Así que aquí cada cual tiene al menos dos caminos por los que poder decantarse e intentar avanzar en lo sucesivo hacia la consecución de sus metas:

  • El primero de ellos ya está descrito en los párrafos anteriores; si no eres uno de esos citados “afortunados” a los que el dinero le viene de cuna o directamente de un pelotazo cualquiera, te toca aplicar una sencilla regla para el resto de tus días; trabajo y constancia.
  • También tenemos la posibilidad de adaptarnos a vivir con menos. Desinhibirnos de esa necesidad de poseer esto o aquello.

Volviendo a las famosas reflexiones del ya desaparecido Pepe Mujica, este nos hizo entender que “las cosas las pagas con tu tiempo de vida, ese que empleas en generar la plata con la que compras esas cosas”. Puedes sacar tus propias conclusiones y decidir si estás dispuesto a realizar el sacrificio en favor de todo aquello que te has propuesto lograr.

Viviendo en el filo de cada segundo

Dicho esto, es justo aclarar que esa cultura de la instantaneidad no solo aplica en estos días a aquellos aspectos materiales tan arraigados a nuestra sociedad: la gente quiere que la atiendan ipso facto ante cualquier situación. También se sienten agobiados si no reciben al momento su dosis de aprobación virtual, ya saben, en forma de “likes” en cualquier red social.

En definitiva nos encontramos ante un paradigma donde nadie saborea sus logros, incluso los hay que pasan por ellos sin pena ni gloria. Vivimos con la mirada puesta en un futuro que no existe, mientras el pasado ya extinto nos advierte de lo que volverá a suceder, una y otra vez. Todo desaparecerá ante nuestros ojos, de tener la suerte de ser testigos del proceso en primera persona.

Es por eso que solo nos queda poder aprovechar este momento presente, sin prisa, sin exigencia sin expectativa alguna, dejando a un lado la descrita cultura de la instantaneidad. Podemos enfocarlo así o también podemos seguir viviendo en el filo de cada segundo, teniendo la certeza de que antes o después es probable que terminemos colapsando fruto de tanta exigencia autoimpuesta, a nivel colectivo e individual.

Lo que a buen seguro no ocurrirá, no la inmensa mayoría de las veces, es que nos encontremos con el huevo frito en el plato nada más abrir la boca. Mucho menos a alguien que esté dispuesto a sofocar las calenturas de nuestra agonía existencial de una manera complaciente e inmediata. Un hecho tan real simple y sencillo que casi nadie entiende, pero que todos, en mayor o menor medida, terminamos experimentando y aceptando (en este orden) antes o después.

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