“Ir de cara”, “ser totalmente frontal”, “no andarse con rodeos”, “decir las cosas sin medias tintas”, “mostrarse tal y como es uno mismo”… todas estas acciones, formas de proceder y en definitiva intentar actuar en consecuencia a nuestra forma de ser, pensar o sentir, no está bastante bien visto por la mayoría. No por todos, pero si por una buena parte de aquellos que nos rodean; ¿él por qué?… Básicamente porque no sienta bien que a uno le muestren/digan las cosas con sinceridad.
Esto no es igual a llevar razón cada vez que abrimos la boca. Sin embargo, es todo un logro expresarse con naturalidad y diciendo o haciendo aquello en lo que uno cree. La tónica general es vivir tras una careta exenta de verdad donde pensamos una cosa y actuamos de una forma bien distinta. Es por ello que el expresarse de manera sincera se ha convertido en casi un deporte de riesgo según con quien trates.
La sinceridad convertida en tabú
Les habrá pasado muchas veces o al menos en aquellas ocasiones en las que, empujados por un ataque de sinceridad le han dicho al de en frente aquello que piensan o creen sobre lo que trataban en ese mismo momento. Lo ilógico, en este caso, es haberlo hecho in extremis, fruto quizás de un calentón momentáneo que los ha llevado en última instancia a despojarse de sus miedos y el “qué dirán” y han terminado “abocando” lo que en otras circunstancias hubieran callado para sus adentros.
Esta forma de proceder no es nada nuevo, de hecho siempre ha sido así. La sinceridad brilla por su ausencia históricamente en las relaciones interpersonales. Nunca fue bien visto expresarse abiertamente en casi ningún ámbito de la vida. Se lleva más eso de guardar el decoro y las apariencias no vaya a ser… Parte de la culpa de esta forma de vivir y actuar son fruto del sesgo cultural al que nos vemos sometidos desde nuestra infancia.
En una sociedad que sigue muy arraigada a los dogmas de fe nacidos del cristianismo, sus integrantes se ven continuamente subyugados por estos. Como consecuencia decir o hacer esto o aquello puede convertirse directamente en “pecado”. Y si bien casi nadie lo manifiesta abiertamente en estos términos, de algún modo se sigue teniendo muy interiorizada esta creencia. Aquí se podría abrir un debate casi interminable con pros y contras sobre el tema, aunque esta no es la finalidad de esta pequeña reflexión.
La idea, principalmente, es tener claro que, sin el grado de sinceridad justa, no se puede mantener relaciones sanas con nadie. Esto a su vez conlleva una drástica reducción de las relaciones con personas cercanas a uno, me explico: ser sincero con aquellos que nos rodean se convierte casi en un teorema matemático donde sumaremos y restaremos afectos según el grado de sinceridad aplicada.
Pasaremos de tener amigos a conocidos y veremos reducir nuestro círculo más cercano de manera progresiva: a mayor sinceridad, menos gente a tu lado. Es difícil aceptarlo, pero por la punta uno se siente incluso liberado. Porque que nadie se engañe: al igual que usted o yo sentimos sentimientos contrariados hacia determinadas personas que nos rodean, la inmensa mayoría de estas se encuentran en una situación similar respecto a nosotros.
Indudablemente, uno no puede ir por ahí soltando todo lo que siente y piensa. Hay unos filtros conductuales que todos conocemos y que en definitiva marcan el ritmo y salud de nuestras relaciones personales. Porque ser sincero y ofender al prójimo no es lo mismo; tampoco creernos por encima de nadie a base de llevar más o menos razón. Más bien de ordenar el entorno poniendo cada cosa en su sitio y los puntos sobre las íes.
Otros prefieren tragar con todo aquello que terceros les hacen vivir y padecer, aceptando que para seguir estando a su lado y que los acepten en sus vidas deben callarse aquello que sienten y piensan. Por supuesto están en su derecho, aunque a la mayoría, antes o después, la situación termina por pasarles factura.
Dice el refrán que “los amigos se cuentan con los dedos de una mano y sobran la mitad”. Esto es casi una verdad absoluta que, volviendo a tirar de matemáticas, podemos constatar con el pasar del tiempo y cumplir años. Aquí confluyen tres elementos dentro de una misma ecuación: sinceridad, edad y personas. El resultado será mayor o menor en función al peso que tenga cada uno de los factores:
- Más edad + más sinceridad = menos personas a tu lado
- Más edad + menos sinceridad = más personas a tu lado
- Menos edad + menos sinceridad = más personas a tu lado
- Menos edad + más sinceridad = “lleva cuidado que te quedas más solo que la una…”
Hubo un tiempo donde un servidor soltaba todo aquello que pensaba sin medir las consecuencias, mostrando ante aquellos que lo rodeaban su “YO” más aguerrido. Como pueden imaginar mucha gente cogió una distancia prudencial hacia mi persona, por decirlo suave. Y no sin razón, aunque mirándolo en retrospectiva no me arrepiento de nada. O casi nada…
Tirando de sinceridad debo decir que en ocasiones me perdieron las formas y eso es un craso error cuando de relacionarte se trata. Porque ojo, mantener la compostura y saber estar no es igual a carecer de sinceridad. Hay mil y una maneras de decir las cosas, no tenemos por qué ofender al susodicho con el que tratamos en ese momento a pesar de expresarle nuestro parecer y que este quede muy alejado del suyo propio.
Lo que si es cierto es que conforme vamos cumpliendo años (si no padecemos algún tipo de carencia afectiva emocional), somos cada vez más independientes y por ende no precisamos de estar acompañados de gente. Administramos nuestro tiempo de manera eficiente con aquellos con los que deseamos compartirlo y, de algún modo, terminamos rodeados en exclusiva de aquellos a los que queremos y apreciamos realmente.
Y esto es fruto, en parte, de haber empleado el grado de sinceridad necesario con todos aquellos con los que tratamos día a día en nuestra cotidianidad. Algunos se quedan a tu lado y otros directamente desaparecen de tu existencia. Y viceversa. En cierta manera la vida sigue su curso y a todos nos pone en el lugar donde nos corresponde, incluso aunque bajo nuestro criterio no sea el más adecuado o deseado.
De ser así deberíamos de preguntarnos para nuestros adentros si hemos sido todo lo sinceros con aquellos que nos rodean pero especialmente con nosotros mismos. Ya saben, o habrán escuchado, que muchas personas en sus últimos instantes de vida se arrepienten de no haber dicho o hecho esto o aquello. En la mayoría de ocasiones ese sentimiento aflora fruto de no haber sido consecuentes con lo que sentían o pensaban y en definitiva por no haber sido sinceros ni con ellos mismos, algo que, por desgracia, muchos terminamos descubriendo demasiado tarde.