Charlaba el otro día con un amigo sobre las relaciones laborales que establece uno en su profesión y como, fruto de las mismas, algunos terminan aprovechándose del compañero de turno sin rubor. Ya sea porque no poseen los conocimientos necesarios para ejercer las tareas propias del puesto o justamente lo contrario: que atesorándolos, prefieren que seas tú el que te encargues de lo tuyo y de lo suyo, lo de ambos, vaya.
Los hay además que se vanaglorian de ello, generalmente por gozar de una posición de poder a la que han accedido por motivos varios. O simplemente porque nadie es capaz de decirle de manera directa que no vale ni para hacer la “O” con un canuto. Podría enumerar las mil y una forma en la que los trepas consiguen imponer su ley en el ámbito laboral. Yo mismo los sufrí en algún momento a lo largo de mis años mozos en las diferentes empresas en las que trabajé.
Sin embargo, al igual que le comentaba al susodicho en cuestión, aquí hay una técnica igual de efectiva y necesaria en estos casos, casi infalible diría yo, que uno debe de aplicar si no quiere terminar subyugado a la ineptitud o el caradurismo del que tenemos al lado. Y esto es totalmente aplicable a casi cualquier faceta de la vida, por nuestro bien. Básicamente “que cada palo aguante su vela”, o lo que es lo mismo: “yo me ocupo de lo mío y punto”.
Una cuestión de actitud, que no aptitud
La actitud lo es todo en casi cualquier aspecto cotidiano. Ya ni hablamos si en una misma ecuación metemos trabajo, dinero y un aprovechado del tres al cuarto. Este último concepto lo podemos sustituir eventualmente por un tonto, un “hijo de” e incluso el amor inalcanzable de quien lo puso ahí. No hace falta decir que no es lo mismo “ser gracioso que caer en gracia” y esto está directamente relacionado, por ejemplo, al nivel de belleza que gastes e incluso lo sumiso que estés dispuesto a llegar a ser.
Los curriculum vitae en España se rellenan con títulos académicos, años de experiencia y formaciones ligadas a nuestra profesión. Pero también con una serie de características físicas o mentales asociadas a la propia persona, que si bien deberían de ser totalmente inmoral tener en cuenta, muchos terminan accediendo a este o aquel puesto precisamente por gozar de las mismas y viceversa. Por ende, como le comentaba a este colega, la maciza a la que tiene que soportar a diario no fue seleccionada para el puesto que ocupa por sus bondades académicas.
Más bien por otras relacionadas con su esbelta figura que nada tienen que ver con su eficiencia laboral. Es lo que tiene que muchas empresas hayan aceptado de buen gusto las imposiciones Woke venidas desde un ala del feminismo, en las que al trabajador no se le evalúa por sus conocimientos, sino por lo bien maquillada y ajustada que venga a trabajar esa mañana. En medio quedan aquellos y aquellas que tienen como objetivo realizar de la mejor manera posible su labor.
El problema aquí es que por el camino suelen terminar trabajando el doble dado el grado de ineficacia de la compi buenorra. Esa misma que por lo general gana más pasta que tú y se pasa el día tocándose el higo esperando a que llegue la hora de largarse a casa. Algunas, como es el caso de las putas de Jose Luis Ábalos, ni siquiera iban a la oficina y esto es algo más habitual de lo que muchos creen.
Pero ojo, que este supuesto es aplicable igualmente a un tío. Generalmente, no por su belleza, pero sí por estar en disposición de aprovechar algún tipo de cualidad y/o estatus que nada tiene que ver con las labores a realizar en el puesto a desempeñar. En definitiva esta tendencia se suele dar en diferentes formas y modos con un resultado común: el perjudicado siempre suele ser el mismo. O sea, aquel que intenta ganarse el jornal a diario a base de trabajo y sacrificio.
“Que cada palo aguante su vela”
Llegados a este punto reitero la idea de no dejarse pasar por encima aplicando esta simple y eficaz idea. En lo personal he de decir que en el pasado la tuve que poner en práctica en diferentes ocasiones, fruto precisamente de la inoperancia de algunos con los que compartí tarea. Y una vez más ratifico que la mayor parte de la culpa de aquellas situaciones no era de estos últimos.
Aquellos que los pusieron ahí, por el motivo que fuera, son los culpables directos de que uno termine actuando así. Porque esa es otra: por lo general a los ideólogos de colocar a un fulano en el puesto que sea, sin merecerlo, no suele afectarles lo más mínimo su falta de productividad. Ya estas tú para cargar con ese peso llegado el momento. Es por ello que es de vital importancia saber cortar de raíz estas cosas.
Vuelvo a la conversación que mantenía con mi amigo recientemente en la que me confesaba estar “hasta los huevos de trabajar por dos” y a lo que yo simplemente le respondía con un claro “cada uno hace lo que le permiten”, refiriéndome a su compañera, la ineficiencia de esta y la decisión de su superior de colocarla en un puesto para el que no está cualificada. Así que ante un escenario así solo te queda una salida:
Ponerte en tu sitio y explicarle a quien toque la situación que tienes a diario. Si para desgracia tuya quien puso ahí a la susodicha es el jefe o jefa de la empresa, entonces estás jodido. Más te vale pedir la cuenta y buscarte otro sitio donde ganarte las habichuelas. Ganarás tiempo, dinero y salud. Si la primera premisa no se da, estás tardando en tocar a la puerta de este último para ponerlo al corriente de lo que ocurre y en última instancia hacerle saber tu posición ante el asunto: que “cada palo aguante su vela”. Y como se suele decir por estos lares, mañana que salga el sol por Antequera…