Una Mente Corriente

Accidente de tren en Urda: No hemos aprendido nada

115 muertos en apenas nueve meses en sendos accidentes ferroviarios dentro de la denominada línea de alta de velocidad, el último de ellos el pasado 28 de octubre en Urda, Toledo. Dos cifras que no pueden dejar indiferente a nadie, ni tampoco deberían de estar exentas de responsabilidades. Sin embargo, esto es España y aquí la factura la siguen pagando los de siempre; o sea, Franco, la extrema derecha y en última instancia (o primera, según las exigencias del relato) el maquinista del tren…

Lo acontecido en Urda no ha pillado por sorpresa a nadie

Tras lo sucedido en Adamuz el pasado 18 de enero, trabajadores, expertos ferroviarios y asociaciones varias del sector ya avisaban de que aquella catástrofe no era un hecho puntual. Más bien la suma de una concatenación de circunstancias donde la desidia campaba a sus anchas desde hacía ya demasiado tiempo. Aquello solo fue un ejemplo práctico más de lo peligroso que es poner tu destino en manos de una banda de psicópatas.

No era la primera vez que la mafia socialista jugaba a la ruleta rusa con la vida de cientos de personas. Apenas un año antes hicieron lo propio con los afectados de la DANA en Valencia a los que se limitaron a mandarles un dantesco mensaje mientras muchos de ellos no tenían ni siquiera un techo bajo el que cobijarse: “si necesitan ayuda, que la pidan”. Es por ende que ya no podemos sorprendernos de que ocurran tragedias como la acontecida el pasado miércoles en Toledo.

Tampoco la forma de actuar de aquellos encargados de ofrecer soluciones. Aún menos cuando tras el caos, en caliente, vemos actuar a esta gente con una única finalidad: evitar cualquier tipo de responsabilidad. Esta técnica la hemos podido constatar plenamente cuando, apenas unas horas después del choque, desde el propio gobierno, filtraron los audios entre los maquinistas de ambos trenes implicados en el accidente y el operario del centro de control de Adif en Madrid.

Uno siente una mezcla de náusea, rabia e incluso una manifiesta ira latente al ser consciente del nivel de maldad y perversión que maneja esta gentuza. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado; les va el puesto en ello, lo único que les importa a todos y cada uno de los que están anclados como lapas a la poltrona. Es por ello que el factor sorpresa ya no entra en esta ecuación donde ciudadanía, políticos y los actos de estos últimos nos dan como resultado la muerte de los primeros.

No hemos aprendido nada…

Esta es la sensación que atesora un servidor al comprobar de primera mano la desidia a los que tiene sometidos esta gente y la reacción por parte de la población, o sea, usted y yo. Da igual lo que suceda dentro de nuestras fronteras, incluso que más de un centenar de personas hayan perdido la vida en los últimos meses por una negligente gestión ferroviaria. Lo nuestro sigue siendo la guerra de bandos, esa a la que nos tienen bien enseñados esos mismos que han convertido el país en un república bananera al más puro estilo de las narco dictaduras latinoamericanas.

Además, si uno se revela y opina de manera objetiva, aun dando por hecho que unos y otros son el mismo perro con distinto collar, los siervos de los actuales dueños del cortijo se abalanzan social y mediáticamente sobre “el hereje en cuestión” empleando técnicas propias de regímenes totalitarios de siglos pasados. El señalamiento y linchamiento público son su especialidad, cual nazis de pro se trataran, aunque intenten cubrirlo con el manido manto de la libertad de expresión.

Hemos llegado a un punto en el que hemos perdido cualquier referencia moral al respecto. Ya no importa que por el camino vayan quedando cadáveres a los dos lados de la cuneta, además de manera literal. La ideología de bloques ha vuelto para quedarse, o mejor dicho, la han resucitado en favor de una casta minoritaria que solo aspira a tener el poder para asi subyugar al resto. Apenas cincuenta años después del fin de la dictadura la semilla del gerracivilismo ha logrado volver a germinar en el interior de una buena parte de la población.

Los encargados de plantarla los mismos que entonces, por más que intenten moldear, distorsionar e incluso, llegado el caso, borrar la historia. Esto nos lleva a un punto prácticamente de no retorno donde, una vez más, esclavos de nuestras debilidades, volvemos a demostrar que no hemos aprendido nada de nuestra historia reciente y que, llegado el momento, terminaremos cayendo en los mismos errores otrora nos llevaron al desastre

… Ni falta que nos hace

En estos días de nihilismo generalizado, al comprobar el estado de nuestras instituciones públicas, uno se plantea seriamente en abonarse de por vida a la rama más dura del estoicismo. Una idea que cobra fuerza al saberse hijo de un país maldito históricamente e incapaz de avanzar hacia una versión mejor del mismo. Ese cainismo institucional que lo inunda todo se ha convertido de facto en uno de los peores males que nos asolan desde hace prácticamente un siglo.

Es por ello que se impone de manera contundente la teoría de que “no tenemos arreglo” como sociedad y que quizá no nos haga falta aprender de nuestros errores porque, para desgracia de muchos, es casi irrebatible que nos hemos convertido en el mismo error propiamente dicho. Un estado fallido sin solución que lleva décadas dentro de una espiral autodestructiva en la que la mayoría de nosotros somos juez y parte de la misma, dando por hecho siempre que el malo es el de en frente, por el simple hecho de pensar distinto.

En días como este, con decenas de familias partidas para siempre y cuando aún intentan rescatar los cuerpos de algunos de los pasajeros del tren de Urda, dan ganas de salir corriendo y no mirar atrás: también cabe la posibilidad de empezar a afilar el machete para, llegado el caso, y como dice un buen amigo mío, “morir matando”, aunque me da a mí qué, fruto del adormecimiento en el que andamos metidos, a lo sumo, lo único que seamos capaces de hacer sea proclamar soflamas con nuestro smartphone de última generación desde nuestro cómodo sofá… Pan y circo.      

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