El pasado día 28 de marzo se celebraba la 40ª edición de los Premios Goya en el Centro de Convenciones Internacional de Barcelona. Una gala presentada por Rigoberta Bandini y el siempre dispuesto Luis Tosar que no defraudó. Me refiero a aquellos amantes de la ideología woke y la defensa a ultranza de según qué causas. Por lo general esas mismas que les ordenan enaltecer aquellos que les dan de comer a los seres de luz allí presentes; como era de esperar Gaza y Donald Trump eran primer plato del menú.
Premios Goya 2026: Todo según el guion establecido
De unos años a esta parte hay un factor que le ha hecho perder la gracia a los Premios Goya: La sorpresa. Todo lo que allí se dice está medido al milímetro. “Prohibido salirse del discurso oficial y meterse en charcos; no nos pagan por ello”. Eso es probablemente lo que suele pensar la mayoría de actores, guionistas, directores, etc., que se prestan a tal dispendio escénico. Por supuesto amparados por esa superioridad moral que les caracteriza.
Ya se encargan de manifestarla a base de chapitas con lemas peliagudos que remueven la conciencia de la masa gris tras la pantalla. Sin embargo, casualmente, siempre se les olvida poner sobre la mesa los temas de actualidad que asolan nuestro país. No es casualidad. Con Pedro Sánchez en primera fila junto a su amada esposa (esa misma que lo obligó a pegarse 5 días de vacaciones forzadas), hubiera sido algo paradójico que alguno de los que por allí pasaron le recordaran a este en el pantano cenagoso de corrupción y amoralidad por el que transita desde hace casi 8 años al frente del gobierno de España.
¿Quién se va a atrever a morder la mano de quien lo alimenta?… Nadie. O casi nadie, gracias a honrosas declaraciones que se convierten en anecdóticas excepciones cuando estas deberían de ser la tónica general convertida en regla. Como colofón a esta pantomima no solo tenemos que aguantar el doble rasero patrio con el que los engalanados nos intentan hacer ver su culturizada altura de miras. Luego tenemos a personajes importados que vienen hacer lo propio envueltos en un manto de lamento y pulcritud.
Sin duda Susan Sarandon, galardonada por la academia con el Goya de Honor, se lleva la palma en este apartado. Según la neoyorquina: “Estos días en los que el mundo está tan dominado por la violencia, por la crueldad, yo miro a mi alrededor y veo a vuestro presidente y a muchos artistas. Un país que habla con tanta mesura moral. Tanta lucidez moral que me ayuda donde yo estoy, en medio del caos, de la represión. Esto me ayuda a sentirme menos sola, me ayuda a sentirme que soy parte de una comunidad mayor.” Hubo un momento que los asistentes no sabían si estaba dando un discurso político, rezando una plegaria o marcándose directamente un monólogo digno del club de la comedia…
Las cifras de la vergüenza
Todo este teatrillo de los Premios Goya solo tiene una finalidad: Seguir siendo financiados por papá estado. Y da igual que para ello haya que vender el alma al diablo (algunos creen que actualmente se dedica a la gerencia del país). Y claro, cuando uno conoce las cifras que describen el nivel e interés que despierta nuestro cine español, dan ganas directamente de sacarse un curso rápido de director para poder formar parte de tan lucrativo negocio.
El último informe del IJM (Instituto Juan de Mariana) nos acerca las cifras recopiladas a lo largo de las últimas seis décadas para comprender el contexto, pero sobre todo la decadencia del cine español y la única razón real de su subsistencia. Un ejemplo claro son los más de 250 millones de euros canalizados desde el Estado en el año 2022 o el “gasto público consignado entre 2013 y 2023 por el Ministerio de Cultura” por valor de 825,9 millones de euros. Todo ello con una cuota de mercado del cine patrio en caída libre y un público cada vez menor en las salas de cine.
Mejor ni hablamos de las exenciones fiscales de las que se beneficia este conglomerado de chiringuitos al socaire de las subvenciones estatales: “Con deducciones en el Impuesto de Sociedades que llegan a ofrecer descuentos del 30% hasta un máximo de 20 millones, el cine ha recibido más de 310 millones en descuentos fiscales desde 2015 hasta 2022”, aclara el propio informe.
Concluye: “Las comunidades con capacidad legislativa también están actuando en este sentido, caso por ejemplo de País Vasco, donde estos incentivos se traducirán en 40 millones de descuentos fiscales a lo largo de 2026. Estas ventajas se complementan con un trato diferencial en el IVA (tipo reducido del 10%) o el IRPF (retenciones del 7% y posibilidad de diferir ingresos entre varios ejercicios), amén de módulos de cotización más flexibles”.
Los Premios Goya se han convertido en la representación gráfica del fin de una era. Todo aquello que es incapaz de sustentarse por sí mismo y depende de la financiación de terceros, está destinado a desaparecer. Cuando en España el 87% de las películas de 2025 no superaron los 100.000 euros de taquilla y unas 106 no alcanzaron siquiera los 1.000 euros de ingresos por venta de entradas (de hecho, apenas 28 estrenos superaron el umbral de los 100.000 espectadores), el cine español tal y como lo conocemos ya podemos calificarlo de lo que es: Un auténtico fracaso.
Sin embargo, más allá de la parafernalia mediática que supone la gala en sí, los Premios Goya se han convertido en un engranaje más de la máquina de propaganda institucional financiada por todos y cada uno de nosotros. Y lo seguirá siendo mientras no exista una separación de poderes tangible, un sistema democrático real y toda esa lacra política que medra en las instituciones termine de una vez por todas fuera de ellas. Hasta entonces seguiremos subvencionando el cine español aunque no vaya a verlo ni “el tato”.