Decir y hacer, qué dos cosas tan cercanas pero tan diferentes al mismo tiempo. Nos pasamos media vida pensando, diciendo, recitando, programando, posponiendo, evitando, etc., aquello que queremos e incluso, llegado el caso, debemos hacer. O esa es al menos nuestra intención. Como intentaba transmitir anteriormente en el artículo titulado “Con los sueños metidos en conserva”, en esta ocasión la idea es ir un poco más allá en cuanto al modo y forma en el que la mayoría de todos nosotros no somos (ni posiblemente seremos) capaces de pasar del dicho al hecho, como si el trecho entre ambas realidades lo separara un infinito prácticamente infranqueable.
Pasar del dicho al hecho como objetivo existencial
Muchas veces, el mayor escollo para avanzar hacia algo está precisamente en cuán arraigadas a nuestro subconsciente están determinadas creencias que, a priori, y según lo que establece nuestro fuero interno, serían de carácter casi sagrado cuando de actuar se trata. Sobre este respecto, el filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset dilucidó de manera certera en su obra “La deshumanización del arte” cómo “nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.”
Concluía alegando a este respecto: “Poca es la vida si no piafa en ella un afán formidable de ampliar sus fronteras. Se vive en la proporción en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenernos dentro de nuestro horizonte habitual significa debilidad, decadencia de las energías vitales.” Un hecho sin duda tan arraigado en nuestra sociedad actual, convertido además en tónica asidua de nuestra cotidianidad, donde la mayor parte de los individuos nos vemos atrapados por paquetes ideológicos ad hoc que no nos dejan ver más allá de nuestras propias ideas.
Las personas actuamos influenciadas por aquellos mantras irreversibles que acaparan nuestra capacidad de reacción. De alguna forma, la realidad que nos rodea no es más que un constructo moldeado en forma, modo y tiempo por esas ideas que se imponen de manera férrea, materializándose posteriormente a modo de las decisiones que tomamos en cada momento de nuestras vidas.
Quizás ese trecho imaginario entre lo que pensamos y decimos, y lo que llegamos a hacer en última instancia, se encuentra totalmente cercado por límites puramente ideológicos en ocasiones autoimpuestos. Solo debemos hacer un pequeño ejercicio de introspección para constatar plenamente esta teoría. Para ello no precisamos nada más que imaginar aquellas cosas que ante los ojos del resto están mal vistas y que es posible que en algunos casos a nosotros no nos parezcan ofensivas o simplemente carezcan de esa importancia impostada, atribuida por terceros.
Sin embargo, en un ejercicio de convencimiento personal y con la intención de no desviarnos del redil, terminamos construyendo una realidad paralela a esa circunstancia en concreto con la que, finalmente, y de manera casi automatizada, abrazamos esa idea contraria a nuestra propia opinión sobre el asunto. La misma, por otro lado, que nos retiene dentro de la ideada zona de confort que otros han tejido en torno a esa o cualquier otra circunstancia.
Ahora bien, ese trecho metafórico al que hacemos referencia radica precisamente en nuestra capacidad de superar el limbo social que atenaza nuestra potestad de decidir. Luego habrá lugar para equivocarse (o no). También de rectificar con lo que ello conlleva a cara de aquellos que te señalaron antes y volverán a hacerlo ahora con más contundencia si cabe. Pero precisamente en eso consiste esto de vivir, de recorrer trechos y de pasar del dicho al hecho.
Todo gira en base a esa valentía de saber y querer decidir, aunque con ello, en según qué momentos, podamos ser instigados por la mayoría. Sin embargo, esta es la pauta que generalmente marca la diferencia entre existir dentro de lo establecido o sustentado por los pilares sobre los que deseamos vivir, a pesar de que la mayor parte de las veces terminemos derrotados en el intento. Decía Francis Bacon que “un hombre sabio construirá más oportunidades de las que encuentra”, y a decir verdad pocas son las ocasiones en que se da el primer supuesto.
Muchas menos las de tener la fortuna de toparse con ellas y que posteriormente sepamos aprovecharlas de la manera conveniente, normalmente por la falta de experiencia en según qué cuestiones. En otras tantas ocasiones, por estar aferrados a los ya citados dogmas de fe que frenan nuestras ganas de ir un paso más allá. También suele darse el caso de que la cobardía haga estragos en nuestro poder de decisión, algo a lo que no es siempre fácil poder sobreponerse.
Ya saben, todo el mundo tiene algo que perder cuando de decidir se trata. Aunque ese “algo” sea insignificante, pero en cualquier caso nuestro. Sin embargo, no es posible pasar del dicho al hecho sin lograr atisbar soluciones para poder afrontar cualquiera de estos supuestos. De no lograrlo, lejos de alcanzar nuestras metas, lo más dañino para nuestra persona será el llevar el peso de la derrota sobre nuestra conciencia.
Algo, por otra parte, que a unos pocos les sirve para hacerse fuertes ante la adversidad y lograr ese impulso vital a todos los niveles que los catapulte hacia una nueva dimensión existencial. Un estado nada fácil de alcanzar, por supuesto, aunque casi nada es imposible cuando hablamos de mejorar como personas, si llegamos a proponérnoslo en serio y a actuar en consecuencia con nuestros ideales (que no ideología), de vida.