Echar la vista atrás, en ocasiones, nos sirve para poder hacer balance de los aciertos y errores que uno va acumulando por el camino, fruto de las vivencias que, deseadas o no, hemos ido superando con el pasar del tiempo. Además, como consecuencia de este análisis se genera una cierta certeza en torno a situaciones pasadas idealizadas que finalmente acabaron con nuestras expectativas iniciales, al menos en parte.
En definitiva, causas perdidas que con la edad terminan por disolverse en el universo infinito de nuestra conciencia dando paso a una lucidez antes inexistente. Esa misma encargada de servirnos en bandeja la imposibilidad de llevar a buen puerto el asunto en cuestión, independientemente del tiempo y la energía que dedicáramos en su momento. Porque hay cosas, aunque no lo aceptemos, que simplemente no están a nuestra alcance ni mucho menos a mercé de nuestras ideas y decisiones.
Causas perdidas a tiempo completo
Quien en algún momento de su vida no se ha visto en sintonía con ciertos ideales. Todos hemos sido rehenes de nuestras ideas fruto de la inexperiencia, la impaciencia y un consabido exceso de ganas. Por la punta, hemos acabado desinflándonos de dichas ensoñaciones como consecuencia de descubrir que nada era lo que parecía inicialmente y que, lejos de cumplirse, termina demostrándose que nada cambiará en el sentido deseado.
Esto suele ocurrir cuando logramos entender que no todo es blanco o negro. Existen los grises e incluso una vida de color para aquel que consigue atisbar el verdadero sentido de la misma. Y quizás esa gama cromática empieza a aparecer conforme nos vamos despegando de aquello convertido en última instancia en una encrucijada vital de causas perdidas casi a tiempo completo.
La pesada losa moral de las causas perdidas
Más allá del sacrificio físico, temporal o económico que nos exige cualquier ideal hay un aspecto aún más intrusivo; el moral. En ocasiones llega incluso a convertirse en una verdadera losa que termina por maniatar nuestro poder de decidir. Elegir entre seguir o no se convierte en un dilema que puede llegar a absorber nuestra energía a la par de desgastar aquellas relaciones personales con aquellos que también profesan devoción por esas mismas ideas.
Ya sabemos la fina línea que separa el “conmigo” del “contra mí”. Hay quien se lo toma muy a pecho y su percepción personal sobre nuestros actos puede llegar a ser verdaderamente negativa. En esa tesitura muchos deciden seguir abrazando esas causas perdidas a sabiendas que al final del camino solo encontraran fracaso, decepción y un sentimiento de culpa.
La misma que aflora tras haber dedicado buena parte de tu vida a fomentar un corolario de ideas, valores, afectos y demás sentimientos en torno al tema en cuestión. No seremos los primeros ni los últimos que terminan descubriendo con decepción la farsa continua en la que vivimos. Tampoco vamos a ser pioneros en el noble arte de cambiar de bando según vayamos entendiendo de qué va todo esto. Solo hay que echar un ojo a grandes mentes de nuestro tiempo para comprender este interesante paradigma.
De un extremo al otro de la cuerda
Un buen ejemplo con el que podemos constatar este hecho lo tenemos, por ejemplo, con aquellos que en su juventud promulgaron a los cuatro vientos sus ideales políticos en torno al comunismo y sin embargo, al final de sus días, se proclamaron abiertamente “gente de derechas”. También los hay que han abrazado sin rubor ideologías tan manidas como el feminismo, la cultura woke y demás movimientos políticos y sociales tan de moda en la actualidad. Los mismos que finalmente, tras sentirse completamente estafados, han terminado denostando dichos ideales.
En definitiva nadie queda exento de enredarse en el espeso espectro de las causas perdidas; mucho menos de acabar arrodillados ante todo aquello que representa lo contrario de lo que un día defendimos de manera airada, casi negligente. En definitiva es la vida misma en su estado más puro dándonos bofetones de realidad constante para que no caigamos en la simpleza de creer que, por un solo momento, pudiéramos tener la razón de nuestro lado.
La polarización como ejemplo relevante
Es precisamente esa polarización que actualmente azota con crudeza a la sociedad de nuestro tiempo, la que pone más de manifiesto que nunca el apego a las causas perdidas de todos y cada uno de nosotros; taurinos y antitaurinos; cazadores y animalistas; vegetarianos y omnívoros; feministas e Incels…etc. Y así un largo repertorio de ideales que refleja fielmente el mundo que nos está tocando vivir. En medio de esta vorágine es cuanto menos difícil centrarse en lo verdaderamente importante.
Dejar a un lado los extremismos, generados en ocasiones por aquellas causas perdidas en origen ideales cargados de promesas y objetivos por cumplir, y recurrir al sentido común se ha convertido en una excepción, no en la regla que debería de primar entre todos y cada uno de nosotros. Los hay incluso que prefieren no pronunciarse ante este tipo de dilemas, aunque lo hagan desde el respeto y la prudencia, por no verse interpelados por una turba deseosa de aniquilar social y moralmente a todo aquel que no comulgue con sus ideas.
El desapego, un antídoto verdaderamente eficaz
Sin embargo, ante esta situación es de obligada necesidad dar la réplica, recurriendo a la coherencia y dejando de lado esos discursos totalitarios con los que unos pocos enarbolan las banderas que representan a las ya citadas causas perdidas. No es cuestión de ganar batalla alguna; eso es una frívola exclusividad de quienes se ven sometidos por los mandamientos que imperan en dichas corrientes de pensamiento.
Lo interesante, a la par de necesario, es sembrar cordura en un mundo cada vez más desfasado y en el cual una inmensa mayoría intentamos encontrar nuestro lugar casi a cada segundo que pasa. Es casi de obligado cumplimiento alejarse de ideas extremistas a la par de tóxicas, por más que aquellos que las promulgan nos vendan su falsa benévola finalidad. De no hacerlo terminaremos, cuando no lo hayamos hecho ya, abonados a un compilado de causas perdidas que, además de empujarnos en una única dirección, inundará nuestras emociones de una espesa neblina existencial vacua de sentido y razón.