Una Mente Corriente

Qué fácil es hacerse socialista y que complicado demostrar que lo eres

Las últimas semanas, una vez más, nos han servido para constatar el doble rasero que manejan esos que se hacen llamar socialista y que padecemos desde hace más de cuatro décadas en el seno de nuestras instituciones públicas. Gente de todo tipo y calaña que bajo el lema “haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga”, nos siguen demostrando lo fácil que es promulgar la ideología y lo complicado, casi trágico, que es demostrar que verdaderamente la abrazas.

Jose Luis Rodríguez Zapatero, ese ser iluminado expresidente del gobierno de España entre los años 2004 y 2011, se ha convertido de facto en un nuevo ejemplo de por qué uno no debe fiarse jamás de lo que predique cualquier sujeto abonado al panfletario distópico que envuelve a la izquierda actual; si además se autodetermina socialdemócrata, la corrupción, la imposición y la demagogia barata se convierten en santo y seña del personaje.

Lo que supone ser socialista en estos días

Socialista, socialdemócrata, “de izquierdas”, “progresistas”, etc., da igual como lo queramos llamar. Aunque cada uno de ellos traten de erigirse bajo un estilo propio, estamos ante una amalgama de movimientos políticos paralelos con una finalidad común: enriquecerse a costa del trabajo y sacrificio del pueblo. Todos ellos fraguados al calor del estado y convertidos en la prueba irrefutable de que este último no pasa por sus mejores días.

Cuando un 50% de la población de todo un continente, Europa, supedita sus vidas al libre albedrío de esta gente, queda en clara evidencia el nivel de decadencia social en el que andamos sumidos desde hace décadas. Y ojo, muy importante, “los otros”, los que se autoproclaman de derechas, son exactamente lo mismo, aunque parapetados tras otro discurso y modus operandi.

Sin embargo, a diferencia de los primeros, no son tan dados a dar continuas lecciones de moralidad a su fiel ganado. Una vez alcanzado el poder suelen hacer lo que les da la real gana en la trastienda de inmoralidad que les proporciona el bastón de mando. Es por ello que la figura del socialista medio actual se ha vuelto tan sumamente aberrante e insultante para la inteligencia de cualquier persona que atesore un C.I. promedio.

Gente anclada a la comodidad casi vitalicia que les ofrece militar en este o aquel partido, aunque últimamente estén muy de moda las purgas internas en muchas de estas entidades políticas. Motivo de más, este último, para seguir al pie de la letra aquello que les dicte su amado líder. Y si no que se lo digan a todos los esbirros que conforman el organigrama interno del PSOE, a cada cual más sumiso, apático y aprovechado.

Da igual que tu jefe, “Pedro I El Guapo”, esta tarde proclame a viva voz una cosa y justamente la contraria a la mañana siguiente. Tampoco parece importar que el hermano de este haya sido condenado por prevaricación, o que la mujer del susodicho esté imputada por tráfico de influencias, malversación, corrupción en los negocios y apropiación indebida. Todo ello sin olvidarnos de las andaduras delictivas de los dos últimos secretarios de organización del partido, Jose Luis Ábalos y Santos Cerdán.

La lista de “manzanas podridas” no termina ahí, ya que otros miembros del gobierno del que forman parte todos estos paniaguados están camino de acompañar a los dos anteriores una buena temporada a la sombra. Pero todo eso parece no importar, puesto que para ser socialista solo se precisan dos cosas en esta vida: decir a todo lo que te ordene tu jefe “si, guana” y poner el cazo para cobrar a fin de mes.

Volviendo a los apoyos, lo más lamentable, a estas alturas de la película, es el hecho de que millones de españoles, de haber unas elecciones mañana mismo, volverían a votarlos sin que les temblara el pulso, en un arrebato de democracia y lucidez (eso mismo creen ellos) y con la firme convicción de estar frenando a la “turbo derecha”, fascista, retrógrada y machirula hasta decir basta. El chiste se cuenta solo.

Mientras tanto, los socialistas, siguen fragmentando una sociedad cada vez más polarizada donde su discurso estrella basado en el “estás conmigo o contra mí” ha calado hondo entre sus acólitos más extremos. En apenas dos décadas hemos pasado de una armonía social generalizada a un cada vez más acentuado sentimiento guerracivilista, fruto de la infame ley de memoria histórica aprobada en 2007 por ZP y sus socios de gobierno.  

Desde entonces los socialistas han demostrado que para ellos ya no existen lo que en otra época eran líneas rojas intraspasables. Tampoco principio alguno sobre el que erigir su ideario político; les ha dado igual indultar a secesionistas, pactar con etarras reconvertidos en políticos (esos mismos que les pegaron un tiro en la nuca a sus compañeros de partido décadas atrás) o entregar la soberanía energética y alimentaria a los entes supranacionales que manejan la Unión Europea a su antojo.

Esto último en concomitancia con el PP, partido dominante en el seno de esta organización política continental. Como vemos, todo vale para ser socialista en estos días. El fin justifica los medios y en el camino es indiferente quien caiga para conseguirlos. Así mismo, es totalmente irrelevante por qué se actúa de esta o aquella forma con el consiguiente perjuicio para la sociedad.

El resultado final de esta huida hacia adelante es evidente. No hace falta ser seguidor incondicional de la oposición para atestiguar la sinrazón misma a la que estamos sometidos a diario en favor de los intereses de unos pocos. Una cotidianidad donde la lógica ha dejado de imperar en favor del discurso manido y simplista que por momentos abraza el nihilismo más descarnado y surrealista.

Quien no aprende de sus errores históricos está condenado a repetirlos

Han pasado 90 años desde que Largo Caballero, histórico dirigente del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores, avisara de que eso de la democracia no iba con ellos, cuando afirmaba en un mitin político celebrado en Alicante aquello de:

“Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la guerra civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”.

Y todo sigue igual. Estamos más cerca que nunca de revivir sucesos casi extintos de la memoria colectiva. Solo hay que analizar en detalle hechos que se dan casi a diario, en prácticamente cualquier punto de la geografía española, y donde el odio más encarnizado hacía aquel que no piensa como nosotros, se convierte en un sólido argumento con el que respaldar múltiples acciones incívicas e incluso delictivas.

En este contexto de caos social, donde la convivencia está claramente dañada, son precisamente los socialistas de hoy, respaldados por su negra historia, los que dejan entrever sus intenciones más siniestras. Soltar el poder de forma pacífica no va con ellos y moverán cielo y tierra, y por supuesto a una turba airada de hooligans, para demostrarnos hasta donde están dispuestos a llegar en aras de sus privilegios y prebendas. Demostrando, una vez más, lo fácil que es promulgar que eres socialista, y lo complicado que se torna terminar actuando bajo los ficticios dogmas de fe que abrazan este infumable movimiento político.

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