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Formación académica de por vida: hasta el infinito y más allá

Recientemente, con motivo de una comida con amigos y un fabuloso día de campo y piscina, tuve una conversación con Antonio, uno de los presentes, a razón de la eterna formación académica a la que se enfrenta una persona cualificada (en este caso un ingeniero de telecomunicaciones), si no quiere quedarse “desactualizado” en según qué materias. Tanto es así que el mismo se había traído de casa el portátil para poder finalizar el TFG relacionado con el máster que lleva cursando en los últimos meses.

Sin embargo, durante el rato que estuvimos debatiendo sobre el tema se me vino a la cabeza la reflexión que un usuario de YouTube escribía en los comentarios de un video relacionado precisamente con el trabajo, la I.A. y las nuevas tecnologías. En ella, con la que estoy plenamente de acuerdo, el autor mostraba su indignación (no sin razón) con los requerimientos académicos que actualmente se exigen para ejercer múltiples profesiones “del futuro”.

La formación académica como exigencia contante

Tras leerla con detenimiento, sentí una mezcla de admiración y pena por alguien que, con apenas 28 años, haya terminado tan hastiado de la formación académica, pero sobre todo de la espiral socioeconómica laboral que esta ha creado en nuestra estructura social: “Después de estudiar una ingeniería y varios máster, idiomas e intentar ahora meterme con la IA, estoy agotado”, comenzaba explicando.

“Esa mentira de la formación para toda la vida consiste en estar todo el día con ansiedad por no saber si sabes lo suficiente, si estás bien preparado para la siguiente disrupción (que ya no viene en 10 años sino en 6 meses). A mí intentar estar al día de esta complejidad y buscar rendir me está arruinando la vida, he dejado de hacer las cosas importantes por formarme y estar preparado y ya no quiero seguir en esta rueda tramposa y paranoide. Luego que si generación de cristal, que si la gente no quiere trabajar, etc.”.

Tras un buen rato de charla con Antonio, con el que compartí el planteamiento de esta persona, concluimos que a él le gusta estudiar y por ende formarse; no solo en la rama laboral que engloba su carrera universitaria, también en otros menesteres que pueden estar relacionados con esta. Mi punto de vista sobre este asunto, el cual le ofrecí a él mismo, ya lo he expresado en UMC anteriormente haciéndome valer de otras reflexiones: “Universidades, escuela de parados” o “Trabajos con salida”… A no se sabe dónde, son dos de ellas.

La vida que nos dejamos por el camino

Es precisamente en este punto donde la formación académica, ciñéndonos a la dinámica de la que estamos hablando, me parece un timo vital de magnitudes épicas. Tal y como promulgó durante décadas el ya desaparecido Pepe Múgica, cualquier objetivo que nos pongamos en la vida lo pagamos con el tiempo de la misma que empleamos para alcanzarlo. La problemática aquí se basa esencialmente en que nadie puede garantizarnos que nuestro esfuerzo formativo, termine convirtiéndose en algo productivo para nuestros intereses personales.

Hablamos de un rédito económico, laboral, social, etc. Es innegable que personalmente seremos una persona más formada, pero uno debería de preguntarse en este punto si verdaderamente mereció la pena el esfuerzo, tiempo y dedicación empleados para alcanzar esa meta en concreto. Nuevamente, me remito a la opinión personal del citado usuario de YouTube en la que inicia su alegato señalando en como los interesados en que nos convirtamos en simples peones de trabajo (aquellos que manejan el poder y los pilares que vertebran nuestra sociedad) aluden siempre a los posibles beneficios futuros que obtendremos tras ser parte de esa infinita formación académica que nos instan a superar:

“A mí el futuro me importa poco porque yo vivo en el hoy, y el hoy, la transición, está trayendo consecuencias negativas. Cada vez más la gente deja de tener ilusión por el futuro, no nos atraen la IA, la robótica, ir a Marte, queremos tener una casa, vivir en un entorno agradable y disfrutar del tiempo con nuestros seres queridos. Y nada de eso está yendo a mejor (no, tampoco en EE. UU. ni en China)”… ¿Alguien se reconoce en estas palabras?

Independientemente de aquellos que consideren oportuno dedicar parte de su tiempo a esa constante formación académica de la que hablamos, o, por el contrario, todos esos que miran con recelo esta forma de actuar, una cosa parece estar cada vez más clara en lo que consideramos (de momento) el llamado primer mundo: la gente empieza a vivir cada vez peor.

Aspectos tan primordiales como los que cita el protagonista de la reflexión, poder alquilar o comprar una casa, disfrutar de un ambiente social agradable (y seguro) o simplemente llegar a fin de mes, se está convirtiendo en una verdadera losa económica y social para una inmensa mayoría de habitantes de lo que conocemos coloquialmente como Occidente. Con este panorama es cuanto menos entendible que cada vez más personas se nieguen a ser un simple engranaje más de una sociedad arcaica y desnortada.

Fíjense en la paradoja; vivimos el momento tecnológico y productivo de mayor relevancia de la historia del ser humano. Sin embargo, multitud de los preceptos que forman los puntos de interconexión que dan forma a nuestro tejido social, se resquebrajan irremediablemente por sus costuras. El planteamiento global sobre el que se ha apuntalado la sociedad occidental hasta nuestros días, lejos de estar plenamente vigente, se derrumba por momentos, fruto de un ostracismo general a todos los niveles.

Una de las consecuencias más palpables a todo este asunto, la tenemos en el hecho de cómo mucha gente está echando la vista atrás para recuperar paradigmas sociales, familiares, laborales o educativos que desechamos hace décadas en favor de una “sociedad de progreso”. Volver aferrarse a la religión cristiana, la familia tradicional y los roles asociados a esta o reiniciar labores relacionadas con antiguos oficios (artesanía, agricultura tradicional, ganadería, etc.), está más de moda que nunca en estos días.

Jóvenes que regresan a los pueblos familiares buscando desconectar de la innovación tecnológica y el ritmo vital que esta exige para poder formar parte de ella; gente que ha decidido desvincularse de un sistema extremo que por momentos los lleva al esclavismo más puro y en definitiva, seres humanos que han entendido que todos terminamos regresando a nuestros orígenes, por más que nos empeñemos en reescribir la historia desde realidades paralelas a estos.

Y no, esto no va de negarse a recibir formación académica, ya sea porque te guste el estudio y la enseñanza, como es el caso de Antonio, o simplemente porque uno debe de atesorar una serie de conocimientos que luego emplee para defenderse de aquellos que intentarán convertirnos en sus siervos. Lo que es inevitable es pensar como millones de personas en la actualidad se levantan cada mañana sin algo en lo que creer, teniendo cada día más claro que son víctimas de un timo socioeconómico laboral de magnitudes épicas.

Quizás debamos recuperar una de aquellas profundas y eternas reflexiones que José Múgica, “el Pepe” nos regaló para que disfrutáramos de ellas en cualquier momento y lugar; en cualquier circunstancia y compañía: “nos creemos que somos importantes, no somos ni un grano de arena en la magnitud del universo, no sé por qué vamos a ser más importantes que las hormigas”, y eso, amigos, no hay formación académica que lo cambie.

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