Hace unos días, leyendo el artículo de mi compañero de redacción (mejor dicho, “redacciones”), se me venía a la mente esta reflexión a razón de lo importante que es tener siempre presente el hecho de que, independientemente de lo que hagas o a lo que te dediques, siempre los habrá mejores que tú. En mi caso, no se ha cumplido aquello de cuando el discípulo termina superando al maestro. Ni falta que hace.
Además, lo digo de la misma manera que lo pienso, es decir, teniendo claras mis carencias profesionales y celebrando la maestría de aquel que lo merece. Porque, de no hacerlo, el sentimiento que afloraría en mi interior sería verdaderamente negativo. De alguna forma, de nuestro grado de aceptación depende proporcionalmente el nivel de paz interior que podamos alcanzar y es aquí donde todo cobra un sentido.
“Las comparaciones son odiosas”
Cuantas veces habremos escuchado esta afirmación ¿cierto? Y normalmente es así. A nadie le gusta que anden comparándolo, mucho menos cuando tenemos las de perder a todas luces. Eso es precisamente lo que pensará la mayor parte de la gente con el único fin de no enfrentarse con aquellos aspectos que lo dejan en desventaja con respecto al de en frente. Sobra decir que en este planteamiento que aquí expongo no admite agravio comparativo alguno que busque la mofa personal de cualquier persona. No se trata de eso.
En lo personal enfoco el tema desde otro ángulo. Me explico: a mí me parece correcto, por ejemplo, que, después de leer esta pequeña reflexión, cualquiera que lo haya hecho crea conveniente hacerme saber que los hay infinitamente mejores que un servidor en esto del noble arte de escribir, faltaría más. Cuando uno se dirige a otro desde el respeto y con argumentos, no hay nada que objetar.
De hecho lo que hago habitualmente, cuando esto sucede (porque ya me ha pasado), es buscar al fulano en cuestión y leer algo salido de su puño y letra. De este modo ratifico la teoría de aquel al que el susodicho le parece más acertado en sus escritos, si de compararlos con los míos se trata. La idea aquí es tener claro que somos humanos y que dentro de las infinitas escalas de medir que existen, aplicables a cualquier ámbito de la vida, por lo general, nunca sobresaldremos por la parte alta de ninguna de ellas.
La cuestión nuclear del asunto es asimilarlo, intentar mejorar y en última instancia aceptarlo de buen grado. No siempre se logra, para nada. Incluso en ocasiones nos puede llevar un tiempo (a algunos toda una vida), entender que no somos el ombligo del mundo. Que los hay mejores, mucho mejores, y que nuestra misión es aprender a convivir con ello. De lo contrario regresamos al punto donde citábamos la ansiada paz mental.
El ejemplo más claro lo tenemos en la crispación general en la que vivimos actualmente. Gente que no acepta ni tan siquiera una réplica. Ya ni hablamos de una crítica constructiva en la que el de enfrente trata de hacerle ver sus puntos débiles o aspectos a mejorar. Lo que buena parte de la gente no entiende es que, de verse en una así, están de suerte… ¿Saben por qué?
Básicamente, porque habitamos en una sociedad donde la indiferencia se ha convertido en el primer plato del menú. De segundo, soberbia, y como postre una ración de mala educación y poco sentido común. De esto último, en cantidades industriales. Así que cuando alguien “pierde” su tiempo en hacernos ver que estamos equivocados, obcecados o simplemente perdidos, realmente estamos de enhorabuena. En cierto modo, es una oportunidad de convertirnos en una versión mejorada de lo que éramos hasta ese mismo momento.
Si además finalmente intentamos no desinflarnos moralmente cuando la vida nos da un golpe de realidad y nos pone en nuestro sitio, entonces quizás podamos alcanzar esa ansiada meta de estar en paz con nosotros mismos. Y para ello debemos de conocer y aceptar nuestras virtudes, pero también nuestros defectos. Aprender a convivir con ellos y aplaudir a aquel que lo hace mejor que nosotros, es prioritario en este asunto. Ya sea porque se lo trabaja más o simplemente porque la lotería genética lo favoreció cuando tocaba. Es indiferente el motivo; debemos de centrarnos en la propia conclusión.
A veces nos preguntamos por qué no hemos logrado materializar esas metas ficticias que planean constantemente por nuestra mente, y en la mayoría de ocasiones la respuesta la tenemos delante de nuestras narices. Otra cosa bien distinta es no querer verla. Pasa, vaya si pasa. Porque claro, no es plato de buen gusto constatar que no valemos para esto o para aquello. Y da igual el empeño que le pongamos al tema. Hay cosas para las que no hemos nacido aunque algunos se empeñen en afirmar lo contrario.
Otras muchas veces es posible lograr el éxito a base de esfuerzo y constancia teniendo presente un aspecto clave en este asunto; en según que cosas, no tiene más probabilidades de lograrlas aquel que posee la capacidad intelectual o física, sino la capacidad de intentarlo. Una y otra vez. Y quizás, es posible que terminemos desistiendo aceptando de buen grado nuestras limitaciones. Lo que no podemos es martirizarnos porque el de al lado ha logrado lo que para nosotros se ha convertido en casi un imposible.
Porque sí, los imposibles existen y en ocasiones se tornan inalcanzables. Así es esta vida. Es en este punto donde vuelvo al asunto con el que iniciaba esta pequeña reflexión: cuando leo los artículos que se saca de la manga mi compañero en ORM, además de aceptar que goza de una larga trayectoria profesional y un don natural en lo suyo, solo puedo hacer dos cosas en el proceso:
Por un lado, disfrutar de su formidable trabajo y de otro aceptar lo que es evidente, que no me puedo comparar con él. Un planteamiento que a muchos puede parecerle conformista e incluso anodino. Y están en su derecho de pensar como les venga en gana. Sin embargo, he de decirles que esta conclusión llega fruto de tener más claro que nunca quien soy, pero también quien no, intentando focalizar mis energías en el eterno desafío de intentar llegar a ser uno mismo. Cosas de la edad.