Hace escasamente unas horas, Nicolás Maduro y su esposa eran detenidos por fuerzas militares estadounidenses en Venezuela. Una operación de la que nadie puede sorprenderse después de las actuaciones y declaraciones de la administración Trump, en torno a este asunto, llevadas a cabo durante las últimas semanas.
Ahora, supuestamente, se abre una nueva etapa para el pueblo venezolano, tras más de un cuarto de siglo de dictadura bolivariana, pero en el aire quedan muchas cuestiones por resolver y numerosas piezas que encajar para entender la decisión del gobierno yanqui. Pero sobre todo es clave atisbar, de manera certera, cuáles son sus verdaderos intereses en el país.
El asalto a Venezuela y la violación del derecho internacional
Hasta el día de hoy EE. UU. había invadido cualquier país del planeta que se le antojara al presidente de turno haciendo uso del pretexto conveniente para ello; ya fuera el terrorismo islámico, la opresión de un pueblo por parte del ejército local o el derrocamiento de un gobierno criminal, los yanquis han realizado operaciones militares en naciones tan dispares como Irak, Afganistán, Siria o Yemen.
Todo ello bajo el beneplácito internacional y con los organismos encargados de poner freno a este tipo de dispendios mirando hacia otro lado. Además, en todas y cada una de las ocasiones que el ejército de Estados Unidos ha entrado por las bravas en territorio extranjero, el fin oficial nada ha tenido que ver con los verdaderos intereses encubiertos por los diferentes gobiernos al mando en cada momento.
Ganar presencia internacional, mejorar su posición geopolítica en términos mundiales, beneficiar a sus empresas armamentísticas o apropiarse de los recursos naturales del lugar son, entre otras, las principales causas de dichas operaciones. Incluso, llegado el caso y con el pasar del tiempo, los dirigentes políticos que promovieron en su momento estas acciones militares no han tenido rubor alguno en reconocer en última instancia los motivos reales de su toma de decisiones.
Sin embargo, el caso de Venezuela es una primicia en este sentido, ya que el presidente norteamericano, desde el minuto uno, dejó claras sus intenciones. Además, sin tener que apoyarse sobre ningún manido pretexto, más allá de acusar a Maduro y la trama de narcotráfico que opera en el país, bajo su lucrativo beneplácito, de estar operando a gran escala y teniendo como destino final de sus actividades ilícitas las costas estadounidenses.
De ahí que en los últimos meses la administración Trump haya ordenado atacar y hundir varias embarcaciones supuestamente cargadas con droga en aguas internacionales. En paralelo se ha ido avivando el conflicto dialéctico con cruces de declaraciones por parte de ambos bandos. Lo que nadie esperaba es que finalmente, saltándose todos aquellos protocolos que conforman el derecho internacional, el gobierno de los Estados Unidos haya terminado bombardeando varios puntos estratégicos de Caracas y arrastrando al presidente de Venezuela.
Si bien Maduro carece de legitimidad alguna para estar al mando del país, nadie debe obviar este asunto, ya que marca un antes y un después en nuestra historia reciente. De algún modo, esto siembra un peligroso precedente con el que los EE. UU. avisan al mundo de que se adueñaran de lo que quieran, cuando quieran y sin tener que contar con nadie más. Además, como es el caso, lo harán a pecho descubierto y con la careta quitada.
Cualquiera que esté al tanto de la manera de actuar y proceder de Donald Trump y su gobierno, es consciente que a estos les importa un carajo la libertad de los venezolanos o que aquellos que ganaron de manera legítima las elecciones del pasado 28 de julio de 2024, tomen el mando del país a la mayor brevedad posible. Tanto es así que, esta misma semana, algunos de los máximos mandatarios estadounidenses cercanos al núcleo duro de Trump abogaban por que Maduro se exiliara de Venezuela a cualquier paraíso elegido por él mismo.
En su lugar, a modo de gobierno de transición, Delcy Rodríguez, la actual vicepresidenta de la dictadura bolivariana, sería la encargada de asumir la presidencia del país. Sí, esa misma Delcy que descargó varias maletas cargadas de oro en el aeropuerto de Barajas con el consentimiento de la cúpula de gobierno del PSOE, para el más que probable posterior beneficio particular de estos últimos.
Hablando de oro, pero sobre todo de petróleo; esa es la única y verdadera razón por la que el ejército estadounidense ha entrado en Venezuela a la fuerza deteniendo al dictador Maduro. La apropiación y posterior explotación de estos recursos naturales es una tentación verdaderamente grande para cualquier magnate de los negocios. Nadie debe de olvidar que el actual presidente yanqui, Donald Trump, es, por encima de cualquier cosa, un ávido empresario.
Además, es un defensor a ultranza del capitalismo puro y duro y sus ideales económicos están basados sobre el decálogo de mandamientos que dan forma a este último. Esto pasa esencialmente por aglutinar la mayor cuota de riqueza y poder y es esa la principal razón por la que Venezuela lleva siendo uno de sus objetivos fetiche desde que se hizo con el sillón presidencial por segunda vez.
Es muy probable que en las próximas semanas y meses seamos testigos de una normalización de la situación y que posteriormente el cauce político hacia una supuesta democracia termine por instaurarse. Pero nadie debe de olvidar que tras las bambalinas mediáticas, en la sombra, la administración Trump será quien manejará los hilos a su antojo. Principalmente con el fin antes descrito, pero también buscando ejercer su hegemonía en la zona.
Es por ello que países como Colombia, con Gustavo Petro al frente, deben empezar a idear las fórmulas con las que tener contento al señor del pelo amarillo. De hecho, varias han sido las veces en las que Trump ha acusado directamente al presidente colombiano de “líder ilegal del narcotráfico”. En conclusión, esto nos lleva a pensar de facto en futuras operaciones militares en el entorno por parte de Estados Unidos y por qué no a replicar lo acaecido en Venezuela, en otros países latinoamericanos que siempre han estado en consonancia con las políticas bolivarianas imperantes en la zona.
Nuevamente, no debemos obviar la finalidad última de todo este teatro político, militar y mediático: La apropiación y explotación de los múltiples recursos naturales que poseen dichas naciones. Teniendo en cuenta la situación geopolítica y estratégica con la que debe de lidiar U.S.A. en los próximos años, para intentar mantener su hegemonía mundial, frente a las dos potencias que intentan destronarla, Rusia y China, la invasión de Venezuela podría ser solo la operación inaugural de una escalada bélica en diferentes puntos calientes del planeta por parte de la administración Trump.
Por último tenemos a la corrupta y fallida Unión Europea que, lejos de posicionarse como debe, ha quedado a la deriva bajo los designios de Estados Unidos. Ya sea engordando la industria armamentística de estos, comprando el petróleo que extraigan de Venezuela a partir de ahora o renunciando directamente a nuestra soberanía energética y alimentaria en favor de los intereses yanquis. Un despropósito a todas luces, aunque los gobiernos de turno no lo sigan intentando vender como un canto a esa “ecoresiliencia antimachirula” que tanto les gusta promulgar.