«Los hombres no lloran, eso es de cobardes»
Hace apenas unos días descubría cómo una de esas personas a las que aprecio y quiero pasaba por un momento personal y anímico complicado. Quizás su predispuesta voluntad de hierro, intentando cargar sobre sus hombros todo aquello que la vida parece encomendarle, haya terminado minando su fuero interno, viéndose ante una realidad espiritual y mental de esas que cada vez más personas sufrimos en algún momento a lo largo de nuestra vida sin motivos aparentes.
Posteriormente, meditando sobre el tema en cuestión, intentaba deducir cómo por momentos pareciera que toda nuestra existencia se fuera a derrumbar de una manera trágica e irreversible a consecuencia de las vicisitudes que se nos van presentando, fruto de nuestra cotidianidad. Y da igual que a ojos de todos seamos unos afortunados que supuestamente lo tienen todo y por ende debiéramos sentirnos (casi obligados), a priori, las personas más felices sobre la faz de la tierra.


