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Reflexiones de un ateo casi exento de fe

No me pregunten el porqué. Quizás el ser un ateo de casi pleno convencimiento sea fruto de la educación que recibí en la infancia. También es probable que con el pasar de los años haya constatado en primera persona que no es posible que exista ningún Dios al uso. No al menos como la mayoría de los mortales lo tienen idealizado en el imaginario colectivo. Y esta creencia nace precisamente de haber visto sufrir a personas buenas en momentos y situaciones que, de existir un ente de tal magnitud, jamás permitiría que sucedieran.

Así que sintiéndolo mucho (o no) no hay fe alguna a la que pueda amarrarme cuando siento que el barco se hunde bajo mis pies. Da igual de la forma que no lo expongan todas y cada una de las religiones que hacen uso de su Dios particular. También me es indiferente las historias gestadas por los siglos de los siglos (amén) en torno a este asunto tan trascendental para buena parte de los humanos.

Ateo casi a tiempo completo

No tendría más de 8 o 9 años cuando en casa me comunicaron que no iría a catequesis, y que por ende tampoco haría la comunión vestido de marinero. Al parecer los que estaban al mando tenían viejas cuentas pendientes con el divino y poca empatía por los que vestían sotana, así que decidieron que ninguno de sus hijos sería educado bajo creencia religiosa alguna.

Luego vinieron las clases de ética en el colegio a modo de optativa en lugar de la asignatura de religión, donde dos veces por semana, junto a un repetidor reincidente, nos dedicábamos a la observación de las musarañas durante cerca de una hora. Entre otras cosas, porque no había profesor alguno encargado de impartir tal asignatura, ni se le esperaba. Así que permanecíamos durante aquel espacio de tiempo vigilados bajo el ojo escrutador del docente de turno.

Imagino lo que debería de pensar alguno de estos últimos cuando al entrar a aquella clase se encontraba a sendos zamarros en plena pubertad y con cara de circunstancias; “vaya par de herejes. Estos arden en el infierno, seguro”. No les culpo. Supongo que aquel asalariado del estado preferiría estar tomando café en el área de dirección que aguantando la cara de dos niñatos insurrectos por la decisión paterna de ambos.

En cualquier caso, independientemente de la educación recibida en aquellos momentos, lejos de sermones clericales impartidos por profesores de religión o el cura del pueblo, hay algo que a lo largo de  todo este tiempo siempre encendió las alarmas en mi interior. Esto no es otra cosa que, como cualquier hijo de buen vecino, en ocasiones, me he sentido rendido y casi tentado a los designios de la fe a pesar de considerarme ateo.

La fe es tentadora, incluso para un ateo

La cuestión aquí es saber de qué fe hablamos porque, lejos de estar relacionada con la propia iglesia o el negocio que está representa, intuyo que el sentimiento en sí es ocasionado por el propio desasosiego interior que uno llega a padecer por momentos. Ya sea por las cosas que te tocan sufrir, las personas cercanas que terminamos perdiendo o todas aquellas situaciones de indefensión sin explicación lógica alguna de las que en mayor o menor medida acabamos siendo el objetivo.

Es aquí cuando en un acto de pura desesperanza solemos buscar algo a lo que amarrarnos, una guía espiritual externa totalmente independiente de lo que consideramos nuestra realidad cotidiana. Y claro es entonces cuando, sin saber cómo denominarlo en nuestro fuero interior, terminamos por acogernos al comodín de “¿y si existiera ese ficticio Dios omnipotente que todo lo puede?”

Sin embargo, pasada la fase de exaltación, donde nuestra amarga inquietud interior ha logrado pasar por encima de la razón que se suele imponer desde el punto de vista de un ateo, hacemos de tripas corazón y aceptamos que no hay nada ni nadie ahí arriba encargado de recoger nuestras plegarias para posteriormente redimirnos con las soluciones adecuadas en cada momento que nos hagan ver la luz al final del oscuro túnel.

Así que siendo plenamente consciente de tal embolado existencial, y lejos de expectativa alguna, me digo para mis adentros “ojalá no me abandone la fe”. Esa misma que intento profesar en que cada día hagamos de nuestro mundo un lugar mejor o que aquellos que están necesitados encuentren la forma de solucionar sus problemas más acuciantes.

Que todos esos que se dejan arrastrar por malvados abran los ojos y se den cuenta de que van por el camino equivocado; que no haya un niño que pase penurias, ni un anciano que no tenga un brazo donde asirse… Que aquellos que se sienten solos encuentren compañía; o que todos esos cansados de tanta farsa logren alcanzar un estado de paz equilibrada donde la cantidad exacta de soledad es casi indispensable.

En definitiva que si existe algo, llamémoslo Dios, energía o “jefe supremo del cortijo” haga acto de presencia y nos demuestre que no estamos abandonados a nuestra suerte. Que rinda cuentas con aquellos que llevan toda una vida mostrándole pleitesía y defendiendo contra viento y marea su existencia y sabio criterio de actuación, aunque este, la mayor parte de las veces, deje mucho que desear, incluso para los intereses de esos mismos que se rasgan las vestiduras por él, en todo momento y lugar.

Sin embargo, he de reconocer que luego vuelve a apoderarse de mí la fría objetividad del ateo y como si un puñetazo de realidad se tratara comprendo una vez más que estamos jodidos. Principalmente, porque ahí fuera, siguen haciendo de las suyas una panda de desalmados e hijos de puta de primer nivel a los que Dios parece no ponerles límites. Tampoco a las múltiples enfermedades incurables que se llevan la vida de la gente; idem con las tan de moda catástrofes naturales que arrasan todo allá por donde pasan.

Básicamente, porque este teatrillo llamado vida basa precisamente en eso, en sacudirnos con una de cal y otra de arena, dándonos habida cuenta del grado de fragilidad que nos envuelve. Aun así, para muchos solo sigue quedando la opción de abrazarse a ese Dios idolatrado por la mayoría. Da igual como cada cual lo llame, la finalidad es la misma: encomendarse a la fe.

En cualquier caso, la propia experiencia nos enseña que la vida se desenvuelve muy bien en su papel de trilero y que cuando creíamos saber donde encontrar la solución, esta levanta el cubilete elegido y nos demuestra que estábamos equivocados. Así que erramos una y otra vez y de nuevo, generación tras generación, la gente sigue amparándose en la fe y en el buen hacer de aquel/aquello encargado de su reparto equitativo y bienintencionado.

Los dados están echados para cada uno de nosotros, con o sin fe, y nadie escapa al final de esta partida amañada que perdimos nada más empezarla, ya seas ateo, creyente o simplemente agnóstico. Nacemos y morimos y por el camino nos toca batallar un día sí y otro también. Mirando en retrospectiva mi pasado, supongo que me hubiera gustado hacer la comunión, ir a clases de religión y haberme dejado llevar por la corriente.

A modo práctico agradezco a aquellos que en su día decidieron de manera unilateral que nada de todo aquello me hacía falta. Quizás esos mismos habían deducido el funcionamiento de los engranajes que mueven este mundo injusto y cruel mucho antes, dando por sentado que poco o nada iba a cambiar mi destino, independientemente de que terminara siendo un creyente modélico en lugar de un ateo casi exento de fe durante la mayor parte del tiempo.

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