Así de tajante se mostraba recientemente el reconocido psiquiatra cacereño Jesús de la Gándara cuando se le preguntaba a razón de la soledad, y el papel que esta representa en nuestra sociedad, durante la grabación de un pódcast para un famoso canal de YouTube; “Nos da vergüenza nuestra soledad.” Además, aludía al hecho de que no somos capaces de reconocer que “no tenemos a nadie, que no tenemos amigos, que no tenemos compañeros… Nos da vergüenza nuestra soledad.”
Casi considerado un estigma social por una buena parte de la población, es una situación a la que cada vez se enfrentan más personas. Sin embargo, la mayoría no son capaces de aceptarla, entendiendo cuáles son sus pros y contras y a la vez ideando herramientas para afrontarla de la manera más natural posible, aprovechando precisamente las oportunidades de autoconocimiento que nos brinda.
La soledad para lograr nuestro autoconocimiento
Es muy probable que la mayoría de nosotros jamás seamos capaces ni tan siquiera de autoconocernos de manera conveniente. Nos pegamos media vida navegando en un mar de dudas y la otra media intentando no hundirnos cuando estas terminan inundándonos por completo. Uno de los principales motivos de esta situación es el ruido externo al que nos vemos sometidos de manera continua.
Somos el objetivo, casi convertidos en objeto, de las nuevas tecnologías, las grandes multinacionales, partidos políticos de toda índole y una sociedad de consumo donde lo que realmente termina consumido es nuestro ser. Y pareciera que no hay forma de salir de esa rueda de hámster en la que nos vemos presos. Un día de la marmota que se repite una y otra vez donde el tiempo dedicado a nosotros no existe.
Es por ello que, la inmensa mayoría de las veces, por más que intentamos reprogramar nuestra mente para salir de ese universo paralelo que algunos llaman vida, el tiempo pasa y nada en nuestra rutina cambia. Sin embargo, hay un pequeño resquicio por donde, de vez en cuando, podemos colarnos: nuestra soledad.
Sin vergüenza, sin pena, pero tampoco vanagloriándonos por ello. Simplemente usada como forma de concesión física y mental. Donde únicamente haya dos actores buscando un horizonte común de encuentro: La soledad y nuestro espíritu. Para muchos la palabra soledad está integrada dentro de un contexto cognitivo amparado por el negativismo. Para otros es tan necesaria con el respirar.
Sin ella, por momentos, sería casi imposible no implosionar provocando un maremágnum vital propio y a terceros. Llegar a esta deducción es fruto de la madurez, de entender que a este mundo llegamos solos y nos marcharemos de la misma forma. Y quizás es precisamente en ese instante de soledad donde podamos comprender y asimilar realmente lo que somos, pero también lo que nos rodea y el rol que adquieren todos y cada uno de los que nos acompañan en este transitar.
Porque no hay que confundir soledad con “estar solo”. Y es probable que antes o después nos percatemos finalmente de que esto último también se da. Porque a pesar de tener familia, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, nosotros mismos como ente vivo unipersonal, tan solo somos una minúscula gota de agua en un interminable océano de vidas, situaciones y experiencias ajenas.
Podemos darnos la importancia que creamos conveniente y es probable que en algún momento descubramos si esta es o no real. Si esa percepción que poseemos de nosotros mismos es válida ante la realidad que vivimos o al menos creemos vivir. Cargarnos de falsas expectativas respecto al comportamiento y la toma de decisiones de terceros es un craso error que suele sumirnos en una infelicidad constante.
Es aquí donde nuevamente la soledad te ofrece perspectiva y enfoque, pero sobre todo horizontalidad para observar desde un punto plano lo que hay a nuestro alrededor. Visualizar y entender, pero sobre todo intentar fluir con todos aquellos que forman parte de nuestras vidas, fruto de ese espacio privado que la soledad nos brinda para todo ello, donde echando un ojo a nuestro interior de manera introspectiva podemos llegar a atisbar respuestas imposibles de responder rodeados del mundanal ruido que nos bombardea habitualmente.
Ya sea escribiendo, leyendo, tocando un instrumento musical o simplemente observando, podemos llegar a infinitas conclusiones sobre nuestras necesidades, pasiones y miedos. Una forma casi terapéutica de conocer nuestro “Yo” más personal que está convenientemente atrincherado tras esa máscara invisible que portamos a diario.
En definitiva, una forma saludable de disipar la propia esencia desde la que emergemos, teniendo siempre presente que cabe la posibilidad de que no nos guste lo que descubramos. Y es por ello, probablemente, que la mayor parte de las personas rehúyen de la soledad. Quizás por miedo al autoconocimiento o, llegado el caso, a no poder coexistir con su verdadero ser.
Ser conscientes de nuestras limitaciones, fobias o prejuicios, no es trago de buen gusto, pero es la única forma de intentar poner remedio para mejorar esa versión al descubierto de nosotros mismos, haciéndola evolucionar hacia algo mejor. Y esto solo se logra en un espacio de soledad y autocontrol, ignorando todas aquellas voces que suelen ser complacientes con nuestra manera de ser y actuar.
El reconocido letrista, poeta y novelista brasileño Paulo Coelho, a razón de la soledad, relataba en su libro “El manuscrito encontrado en Accra”, escrito en 2012 y ambientado en el Jerusalén de 1099: “La soledad no es la ausencia de compañía, sino el momento en el que nuestra alma tiene la libertad de conversar con nosotros y ayudarnos a decidir sobre nuestras vidas… Porque el que nunca está solo ya no se conoce a sí mismo. Y el que no se conoce a sí mismo pasa a temer el vacío.”
Y ese vacío al que hace referencia Coelho, es precisamente el desconocimiento propio que tenemos de nosotros mismos, difícil de superarlo sin aceptar la soledad como la herramienta necesaria para ello. Sobre esto relata el escritor brasileño: “Pero el vacío no existe. Un mundo enorme se esconde en nuestra alma, esperando a que lo descubramos. Está ahí, con su fuerza intacta, pero es tan nuevo y tan poderoso que nos da miedo aceptar su existencia.”
Concluye: “Porque el hecho de descubrir quiénes somos nos obligará a aceptar que podemos ir mucho más allá de lo que estamos acostumbrados. Y eso nos asusta. Mejor no arriesgar tanto, ya que siempre podemos decir: «No hice lo que tenía que hacer porque no me dejaron.» Es más cómodo. Es más seguro. Y, al mismo tiempo, es renunciar a la propia vida. ¡Ay de aquellos que prefieren pasar la vida diciendo «Yo no tuve la oportunidad»!”
Sin duda, la obra de Coelho es una invitación a la reflexión sobre infinidad de temas sociales que tan de actualidad en estos días, incluido el miedo generalizado a aceptarnos tal como somos. Y es aquí donde la soledad cobra su papel protagonista, convirtiéndose de facto en la mejor compañera para lograr el autoconocimiento pleno, o como sentenció en su momento Gustavo Adolfo Bécquer, entrar de lleno en “el imperio de la conciencia” más plena.