Hace apenas unos días descubría cómo una de esas personas a las que aprecio y quiero pasaba por un momento personal y anímico complicado. Quizás su predispuesta voluntad de hierro, intentando cargar sobre sus hombros todo aquello que la vida parece encomendarle, haya terminado minando su fuero interno, viéndose ante una realidad espiritual y mental de esas que cada vez más personas sufrimos en algún momento a lo largo de nuestra vida sin motivos aparentes.
Posteriormente, meditando sobre el tema en cuestión, intentaba deducir cómo por momentos pareciera que toda nuestra existencia se fuera a derrumbar de una manera trágica e irreversible a consecuencia de las vicisitudes que se nos van presentando, fruto de nuestra cotidianidad. Y da igual que a ojos de todos seamos unos afortunados que supuestamente lo tienen todo y, por ende, debiéramos sentirnos (casi obligados), las personas más felices sobre la faz de la tierra.
Los hombres no lloran, o eso dicen
Sin embargo, como se suele decir, la procesión va por dentro y en ocasiones los tambores de guerra retumban tan alto que es casi imposible lograr que dejen de sonar. La careta cae y tras ella quedan al descubierto todas esas debilidades y complejos que llevamos años intentando tapar, encubrir, amilanar, pero que, llegado el momento, fruto de la eclosión de nuestras emociones atenazadas, son prácticamente imposibles de controlar.
Buscando respuestas a todo ello, no tardé demasiado en encontrar los principales motivos por los que uno puede llegar a verse atrapado en una situación vital de tal magnitud. Y es que mirando el panorama que nos rodea, a veces no sabemos si reír, llorar o echar a correr sin mirar atrás. La desidia generalizada en la que andamos instalados desde hace mucho tiempo va in crescendo en el interior de la mayoría de nosotros, dejando paso a la rabia, la desesperanza y, por momentos, al “todo nos importa una verdadera mierda”.
Esa es la impresión que uno atesora cuando contempla en primera persona lo que le circunda en prácticamente cualquier faceta de la vida. En estos casos, el sentimiento generalizado de que algo no marcha bien suele tomar un cariz insolente e incoherente a partes iguales. Una sensación que se amplifica al comprobar cómo “los buenos”, o esos que al menos se esfuerzan por comportarse como toca, son generalmente los perjudicados de toda esta lacra social a la que nos vemos enfrentados casi a diario.
Llegado a este punto, uno intenta hacer borrón y cuenta nueva casi a cada instante. Girar la cabeza a otro lado no suele ser la solución, pero hemos llegado a un punto en que el mecanismo se nos ha automatizado de tal forma que a veces no somos ni siquiera conscientes del grado de nihilismo sobre el que se sustenta nuestra existencia. Es un sentimiento difícil de explicar que, por desgracia, o eso creo a título personal, inunda de manera constante a buena parte de la población.
Al contexto de todo esto se me viene a la mente una frase que escuché en mi niñez y adolescencia, en alguna ocasión, en boca de los adultos cercanos a mí, cuando te veías sobrepasado por la situación y te daban ganas de ponerte a berrear como un chiquillo: “Nene, los hombres no lloran, eso es de cobardes.” Y quizás lo sea. Es decir, echarte a llorar por no poder controlar lo que te rodea y darle la forma que te gustaría ver, oír o sentir es el síntoma evidente de una debilidad interior manifiesta que termina doblegando nuestro espíritu.
Porque no nos engañemos; la vida ha sido airada y despiadada desde que el propio concepto, como conjunto de relaciones personales, laborales o comerciales, existe, al menos tal y como la conocemos. Y ojo, no me refiero a que no haya cosas en ella que hagan que merezca la pena estar aquí. Para nada. Todo tiene un enfoque mucho más amplio y complicado. Quizás sea esta la palabra que mejor lo define todo: complicado.
Porque, llegado el caso, hay que ser consecuentes con esa complejidad impresa en casi todo lo que conforma nuestro transitar. Si hacemos una pequeña revisión de la mayoría de cosas, personas o sucesos que forman parte de la “normalidad” a la que estamos sometidos, podremos darnos cuenta de que esa algarabía vital a la que nos referimos es parte indisoluble de todo ello. ¡Coño!, si hasta el jamón de York está hecho a base de un batiburrillo de componentes, que en la mayoría de los casos, no tenemos ni pajolera idea de qué son.
Podría citar aquí la lista, pero más de uno dejaría de comerlo, muy probablemente mañana mismo. En cualquier caso, quizás este sea el quid de la cuestión. No nos paramos a comprobar nada, a observar lo que nos rodea o a leer los ingredientes que lleva esto o aquello que nos metemos en el cuerpo. Ni tan siquiera somos capaces de poner un poco de atención en lo que le pasa al que tenemos enfrente. Esto es fruto de ese desinterés colectivo en el que nos vemos sumidos casi a cada momento.
La rutina manifiesta de nuestros días, la inseguridad constante por la que transitamos e incluso la inestabilidad interior que intentamos suavizar, a veces incluso fomentando el autoengaño personal a base de falsas expectativas, planes de futuro que nunca se materializan y la creencia de que alguna fuerza divina vendrá a salvarnos de nuestro hastío. Todo ello forma parte de nuestros problemas diarios que, por momentos, pareciera que fueran a sepultarnos para siempre.
Así que, de una manera continuada en el tiempo, casi siempre andamos buscando soluciones para todo aquello que hace rebosar el vaso de la paciencia, de la responsabilidad, de la empatía. Sin embargo, la mayoría de las veces somos incapaces de darles salida a muchas de esas situaciones que atoran nuestros sentidos más primarios. Será quizás porque somos humanos, porque no tenemos esa ansiada voluntad de hierro o simplemente porque nuestra ignorancia aún no ha sido capaz de trascender hacia esas metas de conocimiento que se precisan para lograr ser mejor persona y estar preparado para afrontar los lances diarios de manera correcta y eficiente.
Será todo eso, pero la verdad es que en ocasiones el nudo ata fuerte la garganta y dan ganas de echarse a llorar sin más, pero claro, «los hombres no lloran; llorar es de cobardes«, o al menos eso nos inculcaron a la mayoría de nosotros desde tiempos inmemoriales, cuando los hombres eran de otra forma, sentían de manera distinta a la nuestra, pero sobre todo, sabían distinguir con total nitidez lo que era verdaderamente importante de lo que no.
Un hecho que parece haberse vuelto un imposible en estos días que corren y nos ha tocado vivir. Así que recuerda que: «Esta vida no dejará de sorprenderte, zancadillearte, abrazarte y volverte a dejar caer al fango más funesto. Todo es cuestión de las ganas que tengas de vivirla, de afrontar sus reglas y consecuencias y sentir la calidez que puede llegar a ofrecerte.» (La Vida en Estado Puro).