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La «normalización de la catástrofe» como forma de vida

Es triste pero cierto. Nos hemos acostumbrado a qué una catástrofe como la acaecida el pasado domingo por la noche, tras el descarrilamiento de un tren de alta velocidad y su posterior impacto contra un segundo convoy que circulaba en dirección contraria, se hayan convertido en parte de nuestra normalidad. Un hecho que, de momento, se ha saldado con 45 fallecidos y que pareciera, en definitiva, algo “que podía pasar” tarde o temprano.

De hecho, y es aquí donde radica el intríngulis del asunto, lo sucedido en el tramo Córdoba-Adamuz era algo que llevaban avisando desde el SEMAF (Sindicato Español de Maquinistas Ferroviarios), desde hacía ya bastante tiempo, que podía llegar a ocurrir. Una situación dada como consecuencia del mal estado de algunas partes de la propia infraestructura. Sin embargo, como era de esperar, como suele suceder en esta España nuestra, como ya estamos acostumbrados, ninguna autoridad pertinente actuó para solucionar las posibles causas del problema, evitando así las trágicas consecuencias finales derivadas del mismo.

Una catástrofe más, de tantas

Desde hace apenas unas horas, y tras descartar algunas hipótesis iniciales, ya se habla abiertamente de «una rotura de la vía que el sistema de alarma fue incapaz de detectar» como la causa principal de esta desgraciada catástrofe. Eso es al menos lo que ha confirmado el Ministerio de Transportes después de que la CIAF (Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios), le hiciera llegar las conclusiones preliminares de sus investigaciones en un detallado informe.

No voy a ser yo quien entre a analizar las posibles causas del accidente, principalmente por mi desconocimiento técnico total sobre el asunto. Lo que sí tengo claro es que, independientemente de las mismas, y como suele ocurrir casi de manera generalizada, es indiferente lo que acontezca en nuestro país para que la ciudadanía nos decidamos a actuar en consecuencia, exigiéndole a los políticos de turno una depuración de responsabilidades acorde a lo sucedido.

Esto es fruto de la citada normalización de la catástrofe a la que pareciera nos hemos acostumbrado. Nadie siente ni padece, ni siquiera cuando alguno de los caídos es de los nuestros. En estos casos solemos acabar agachando la cabeza de manera resignada y aferrándonos a aquello de que «la vida sigue», ¿verdad? Una situación que otrora sería motivo suficiente para incendiar las calles del país, pero que en estos días que corren no es más que otra de las tantas tropelías, que damos por hecho, fruto de la mala gestión de nuestros políticos.

Solo hay que echar la vista atrás apenas 6 años para ser conscientes de este dantesco escenario con sucesos destacables como por ejemplo, y entre otros, un confinamiento ilegal que hundió a empresas, comercios y en última instancia la moral de millones de personas. Una DANA que se llevó por delante casi 300 vidas mientras nuestros políticos no actuaban de manera conveniente y ciñéndose a la ley; ni el autonómico ni el nacional hicieron nada antes y durante la catástrofe. Mejor ni hablamos de como procedieron posterior a esta.

Como postre a lo anterior tenemos el más reciente Apagón del pasado 28 de abril, una situación que nos enfrentó cara a cara con la sociedad tercermundista a la que estamos abocados, más parecida esta a regímenes bolivarianos, que a un supuesto país europeo del llamado primer mundo. Una más: a nivel regional, concretamente en el Campo de Cartagena, los políticos de turno no tuvieron la capacidad de evitar que sus ciudadanos se tiraran una semana sin poder hacer uso del sistema de agua potable de la zona.

Una situación que afectó a miles de personas y que aún hoy no ha tenido consecuencias políticas en ninguno de los municipios donde se produjo una anomalía de este calibre. En resumen: estamos sumidos en un lodazal económico, social y político poco transitable y como consecuencia directa de todo ello la catástrofe ha pasado a formar parte de nuestras vidas como si tal cosa.

Lo curioso de todo este asunto, a la par de lamentable es como, siendo el momento de la historia donde nuestro gobierno tiene a su disposición la mayor recaudación estatal hasta la fecha, la inmensa mayoría de los servicios públicos bajo su tutela se encuentran en el estado más deficiente e ineficiente que jamás han padecido. Esto es trasladable, por supuesto, a la infraestructura estatal de ferrocarril. Para que se hagan una idea: «En total, en España, un salario bruto promedio de 30.237 euros paga 18.865 euros en forma de impuestos.« He aquí nuestra triste realidad.

Algunas de las causas directas de vernos así

Quizás uno de los principales motivos que han propiciado esta situación sea, por ejemplo, haber tenido como Ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana de España a un putero trasnochado; o de asesor de este a un portero de puticlub, posiblemente el mismo donde Jose Luis Ábalos iba a pasar el rato mientras elegía por catálogo cuál sería la chica de compañía a la que todos los españoles de bien «le invitaríamos».

También es muy probable que influya que Oscar Puente, el sucesor del aficionado a las pilinguis, esas mismas que terminaban contratadas en empresas públicas (Ineco y Tragsatec), dedique más tiempo en bloquear a gente en sus redes sociales, o a soltar sopla polleces tales como que por nuestra red de alta velocidad, muy pronto, circularán trenes a 350 km/h, en lugar de encargarse de la tarea aparejada a su cargo. Es probable que haya cambiado de idea tras lo acaecido el pasado domingo.

Quién sabe, quizás cosas así, amén de la corrupción política imbricada hasta la médula en el seno del PSOE, hayan sido factores determinantes en la reciente tragedia ferroviaria que se ha llevado por delante la vida de 45 personas. También puede ser parte del problema que lleves meses desoyendo las continuas quejas del sindicato de maquinistas sobre el estado de la línea ferroviaria. Incluso cabe la posibilidad de que, llegado el momento, y aun conociendo esas deficiencias de primera mano, el órgano competente no destinara los recursos necesarios para darle solución a este y otros problemas de los que adolece la infraestructura. En España todo es posible.

Un rayo de luz en medio de una negra oscuridad

Si algo positivo podemos sacar de toda esta catástrofe, intentando hacer de tripas corazón y poniendo el foco más allá de aquellos aspectos políticos, técnicos o legales, eso es sin lugar a dudas la forma de actuar de los habitantes de Adamuz. Cientos de personas que desde prácticamente el minuto cero dejaron en stand by sus vidas para entregarse por completo a aquellos que lo necesitaban.

Un hecho para nada baladí y que pone de manifiesto la grandeza de las gentes que conformamos este país. Porque si bien, en ocasiones, somos capaces de mostrar nuestra peor cara por pura idiosincrasia genética, también representamos justamente lo contrario, dejándonos la vida y la sangre si hace falta por aquel que precisa de nuestra ayuda en un situación límite como la que vivieron los pasajeros de los trenes implicados en el accidente.

Muchos habitantes de Adamuz acudieron hasta el lugar de la catástrofe a socorrer a los pasajeros y el resto llevaron agua, comida y ropa a los lugares habilitados por el consistorio local con la intención de atenderlos en primera instancia hasta que se personaran en el pueblo los cuerpos designados para intervenir en este tipo de situaciones. Una actuación humanitaria que quedará grabada para siempre en la retina de todos ellos, afectados y auxiliadores, pero que en definitiva vuelve a poner de manifiesto un aspecto relevante de nuestra existencia: Solo el pueblo es capaz de hacer cualquier cosa para salvar al pueblo.

Lo hemos constado una y otra vez, por desgracia, en los últimos años; la DANA de Valencia, la erupción del volcán en La Palma o el gran apagón eléctrico del pasado mes de abril son buenos ejemplos de ello. Mientras tanto, nuestros políticos siguen a lo suyo siendo conscientes que el rebaño hemos normalizado este tipo de catástrofes casi como una parte cotidiana de nuestras vidas. Ahora, solo queda preguntarse cuándo será la próxima, pero sobre todo cuánto tardaremos en olvidarnos de esta última para intentar seguir con nuestras vidas como si tal cosa.

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