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Miedo, control y racionamiento enérgetico: Nuevas medidas políticas ante la guerra de Irán

La guerra de Irán entra en una nueva fase y con ella, desde las altas esferas europeas, se empieza a intimidar a la población con medidas basadas en el miedo y el control. Además, como novedad inédita ante una situación geopolítica de este nivel, también tiran del comodín del racionamiento energético aunque no tengan ni pajolera idea de en qué sectores aplicarlo y mucho menos el modo de como hacerlo.

Un escenario económico y social en el que más de uno se pregunta si será el mismo que desde la Unión Europea llevan varios años anunciando a bombo y platillo desde el fatídico reset pandémico y todo lo acaecido posteriormente. En definitiva una de esas situaciones límite a las que cada vez, y con más frecuencia, nos tienen acostumbrados los “dueños del cortijo” y que casi hemos convertido en el pan nuestro de cada día sin apenas revolvernos.

Racionamiento energético programado

Todo, absolutamente todo aquello que se promueve desde Bruselas tiene una finalidad claramente definida: exprimir económicamente al ciudadano. Es por ello que cuando de manera indirecta nos vemos afectados por acontecimientos extraordinarios como la guerra de Irán, aquellos que controlan el poder desde el amparo que les ofrecen las instituciones internacionales, aprovechan para imponer medidas restrictivas y extractivas a partes iguales.

A todos se nos hace ya tan lejana la crisis del COVID-19, que pareciera que hemos olvidado todos los dispendios políticos, económicos, sanitarios y legales que tuvimos que sufrir en primera persona desde aquel fatídico 14 de marzo de 2020 en el que Pedro Sánchez, con el apoyo del resto de grupos políticos del Parlamento decretaban un estado de alarma ilegal con el posterior confinamiento para la población. Pero no se preocupen que estos mismos personajes siniestros llevan tiempo cocinando un nuevo cataclismo con el que volver a meterle el miedo en el cuerpo al redil y de paso expoliarnos sin opción a réplica.

Porque que nadie se engañe; la guerra de Irán es solo la excusa con la que poder aplicar las medidas coercitivas con las que alcanzar sus objetivos. Llevan meses generando un ambiente pre apocalíptico autoinventado que nada tiene que ver con la realidad del europeo medio. Incluso han llegado a recomendarnos que todos y cada uno de nosotros tuviéramos a mano un kit para poder sobrevivir durante al menos 72 horas a cualquier tipo de desastre.

Ahora, tras el cierre comercial del estrecho de Ormuz, vuelven al discurso del miedo y lo hacen avisando de la puesta en marcha de una batería de medidas excepcionales con las que paliar la crisis energética que según ellos mismos vamos a sufrir durante mucho tiempo. En otras palabras: los precios de los combustibles se quedan como están en lo sucesivo. Se acabó el diésel a un euro y “veintipocos céntimos” el litro, tal y como estábamos pagándolo hasta hace apenas unas semanas.

Una situación geopolítica que a sus promotores les viene que ni pintada. Básicamente, porque esta es sin duda la más propicia para intentar seguir dando pasos hacia la consolidación de su dantesca Agenda 2030. Ya saben “no tendrás nada y serás feliz”. Ni siquiera combustible que echarle a tu vetusto y servicial automóvil, ese mismo que no puedes cambiar por una de las lavadoras eléctricas con ruedas que tanto interés tienen que compres a precios que no podrás pagar en esta, ni en tres vidas más.

Pero esto no es todo porque además vuelven a promover que la ciudadanía no se desplace a sus quehaceres, se quede en casa teletrabajando o directamente que se racione la venta de combustibles. También que se reduzca la velocidad máxima en autopistas y autovías en al menos 10 km/h, una medida que ya se aplicó en el pasado en nuestro país bajo el gobierno de Zapatero con la excusa de reducir nuestro gasto enérgetico como consecuencia de las revueltas propiciadas por la denominada Primavera Árabe.

En definitiva, como suele ser habitual en estos casos, coartar los derechos y libertades individuales del individuo, justificándose en el manido bien común, aunque por desgracia a estas alturas ya sabemos cómo funciona esta gente: “haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga”. Mientras que los burócratas europeos exigen a la población que se apriete el cinturón, ellos siguen desplazándose en coches oficiales, viajando en jets privados en primera clase y en definitiva viviendo a cuerpo de rey. Nada nuevo bajo el sol.

Tampoco es novedad que la ciudadanía lo acepte de buen gusto una y otra vez, aunque terminemos en la peor de las miserias en materia económica y/o personal. De nuevo, haciendo un pequeño ejercicio de memoria, deberíamos echar un ojo por el retrovisor y mirar cuantas personas de bien se han quedado por el camino en los últimos años como consecuencia de este tipo de políticas liberticidas. Gente que en el mejor de los casos ha terminado medicada de por vida y otros, sin tanta suerte terminaron por colgarse o tirarse de un puente ante un escenario vital cuanto menos oscuro.

No somos más que conejillos de indias con los que un selecto grupo de psicópatas experimentan de manera continua. Lo hacen creando leyes que nadie ha refrendado; aprobando medidas a todas luces nocivas para el bienestar del ciudadano y en definitiva maniatando a todos los niveles la propia autonomía personal y financiera de este último. Una estrategia para nada nueva, pero que les sirve asiduamente para llevarnos al límite testando de manera eficiente para sus intereses particualres cuál es nuestra capacidad de aguante.

Dicho esto que nadie se engañe; tragaremos con lo que venga ahora, mañana y al siguiente. Hemos convertido la catástrofe en pura banalidad, asumiendo que nosotros siempre seremos los perdedores de este maquiavélico juego estratégico orquestado por aquellos mismos que lo han creado. En el mejor de los casos volveremos a levantarnos esperando el siguiente varapalo, independientemente del contexto en el que se produzca. La duda aquí es saber, sin recurrir al comodín del dramatismo, cuánto margen nos queda para no irnos directamente al carajo.

En cualquier caso no deberíamos de preocuparnos por las consecuencias de la guerra de Irán, la de Ucrania o las dantescas y reprobables decisiones de la Unión Europea con Úrsula Von der Leyen al frente, ya que muy pronto es probable que terminemos viviendo en la luna si los planes de Trump y los cerca de 100.000 millones de dólares que dice llevar gastados en la misión Artemis II, terminan dando sus frutos. Esperemos que no se le complique el asunto tanto como con el régimen iraní…

Y por cierto, no se alarmen que el Space Launch System (SLS), el cohete más grande y potente de la NASA, encargado de propulsar la nave espacial en la que viaja el grupo de astronautas encomendado a este aventura interestelar, no necesita gasolina para funcionar; tan solo 2,6 millones de litros de oxígeno líquido superfrío e hidrógeno. Así que estén tranquilos porque como afirmaría cualquier astronauta patrio en una misión de este calibre, “Houston, está to controlao”.

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