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Lo efímero de nuestra existencia

Pensaba el otro día en lo efímero de nuestra existencia. Como de rápido pasan las cosas, pero sobre todo, qué difícil es llegar a ser consciente de ello. Se me vino el asunto a la cabeza mientras paseaba a mis perros hace unas tardes. Los miraba mientras olían todo aquello que se cruzaba en su camino, percatándome de lo cano de sus lomos. También del paso ralentizado de uno de ellos, Danko, el mismo que hace apenas un par de años tiraba de la correa como si no hubiera un mañana, obligándome a contenerlo como si de una mala bestia se tratara.

Ahora soy yo el que continuamente tiene que achucharle para que camine, ya que, debido a una artrosis galopante en sus patas delanteras, se para de manera incesante como consecuencia de los síntomas que padece fruto de su enfermedad. De algún modo él, en su mundo interior, es consciente de su repentina vejez y yo, que lo miro con ojos condescendientes y haciéndome cargo de la dura situación, me paro a esperarlo hasta que vuelve a ponerse a mi altura.

Es entonces cuando me agacho y le doy unos toquecitos en el costado a la par que lo animo a caminar la voz de “vamos gordete”. Es precisamente en ese momento en el que de manera casi automática su rabo se pone en modo “ON” moviéndose de un lado a otro demostrándome la alegría que siente al escuchar mis palabras, esas mismas que asocia con el cariño que le profeso casi paternal.

Lograr percatarnos de lo efímero de nuestra existencia

Danko y Tula son prueba fehaciente de lo efímero de nuestra existencia y todo aquello que la conforma. Es algo que podemos constatar cada vez que nos paramos a reflexionar sobre cualquier hecho pasado y de manera inconsciente nos recordamos a nosotros mismos lo veloz que pasa el tiempo. Dicen que esta sensación de vértigo existencial se acrecienta pasada una determinada edad. Generalmente, cuando ya adultos empezamos a adquirir responsabilidades de todo tipo.

Es llegado a ese punto cuando los días se encienden y se apagan incesantemente uno tras otro sin tregua ni descanso. Sin tiempo de casi poder degustar las pequeñas cosas que hacen que estos merezcan la pena. Miramos el calendario y aterrorizados somos plenamente conscientes como las semanas se volatizan, los meses quedan atrás y los años terminan siendo un pasado cada vez más lejano y volátil en nuestra mente.

Nuestros recuerdos empiezan a emborronarse fruto del propio paso galopante que el tiempo impone de una forma casi severa pero sobre todo irrevocable. Intentamos aferrarnos a ellos, al menos a aquellos que, de alguna manera, son parte indivisible de nuestra historia pasada y además respaldan convenientemente aquellas decisiones transcendentales que hemos ido tomando hasta llegar al momento actual.

De algún modo necesitamos una especie de validación que nos confirme que ha merecido la pena lo vivido o en su defecto que hicimos todo lo posible para que eso ocurriera. Sin embargo, en paralelo a esta búsqueda de sentido, la realidad nos atropella haciéndonos partícipes de la ferocidad con la que el pasado se va adueñando de nuestro presente y en esa lucha interior nuestras miras siempre están puestas en un futuro a priori mejor.

Nos pasamos la vida proyectándonos en lo que vendrá, mientras esta se consume y no logramos, casi nunca, percatarnos de ello. No al menos a tiempo y es aquí donde reside la esencia misma del asunto, porque, siendo plenamente conscientes de lo efímera que es nuestra vida, podemos y deberíamos modular nuestra atención en aquello que es realmente importante.

Aprovechar nuestro tiempo en esas cosas que nos llenan de la manera más plena posible. Ya sea laboralmente, en nuestras relaciones personales o simplemente poniendo el foco en todo eso que desde nuestro interior somos plenamente conscientes que merece verdaderamente la pena. No es una tarea fácil, para nada; aún menos cuando vivimos en la era de la distracción constante donde todo está a medio hacer y casi nada llega a completarse como es debido.

Una época huérfana de constancia y determinación en la que muy pocos son capaces de escapar de sus redes invisibles, esas mismas que nos atan bajo preceptos tan maniqueos como perjudiciales para nuestros intereses vitales, llámense bienestar, “búsqueda de la felicidad” o similares. Además, creemos firmemente en ellos, y aún peor, nos sentimos en el derecho de alcanzarlos haciéndolos nuestros de manera perenne.

Todo ello a pesar de saber a ciencia cierta que la mayor parte de nuestra vida estos se convierten en quimeras inalcanzables precisamente por carecer de las virtudes citadas para, como mínimo, hacer el intento de alcanzarlos. De algún modo nos encontramos caminando dentro de una rueda de hámster sin destino real alguno, ni posibilidades de lograr determinarlo como consecuencia de nuestra frágil conciencia.

Y mientras tanto nuestra vida se diluye a cada segundo, minuto, hora… La vemos pasar ante nuestros ojos sin ser capaces de subirnos a ella, buscando excusas para mantenernos ladeados de todo aquello que es preciso afrontar para tener una existencia plena. O al menos haberlo intentado, aunque el fracaso siempre se encuentre dispuesto a interponerse en nuestro camino si más intención que hacernos saber lo empedrado de este.

Quizás el mirar hacia nuestro interior de manera asidua y preguntarnos a nosotros mismos si vamos por el camino correcto sea una de las formas de no desperdiciar cada momento del que disfrutamos en lo efímero de nuestra existencia. La frase “una vida sin examen no merece ser vivida”, atribuida a Sócrates, filósofo y pensador griego, resumen a la perfección esta idea y de paso aviva ese espíritu crítico tan necesario para con nosotros mismos que muchas veces nos evitará caer directamente en una manifiesta intrascendencia vital.

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