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Los guiris y sus aficiones: «Beber hasta que el cuerpo aguante»

Llevo cosa así como 8 años viviendo rodeado de guiris, principalmente ingleses, alemanes y belgas, y en este tiempo he podido constatar en primera persona esa tradición legendaria que atesoran de darle al pitraque hasta que el cuerpo aguante. Además, es una costumbre que tienen muchos de ellos, independientemente de la edad o el sexo; es llegar a España y ponerse en “modo ON” levantar el codo a todas horas.

Con respecto a este asunto me pasó algo curioso la otra tarde mientras llevaba a cabo mi caminata diaria bordeando el perímetro de la urbanización. Me encontraba saliendo de una de las manzanas de la misma cuando a lo lejos avisté a un señor de edad bastante avanzada deambulando de una forma verdaderamente lamentable. Al principio creí que aquella manera de avanzar, dando tumbos de un lado a otro, era fruto de haber padecido algún ictus. Nada más lejos de la realidad. Cuando ya estaba a su altura ralenticé el paso para interesarme por su estado, preguntándole de manera directa en un inglés poco depurado: “You good?”

Uno de esos guiris con gana de fiesta

El tipo que debía de tener cerca de 80 primaveras, primero se sorprendió de mi presencia, pero casi al momento, abriendo los ojos como platos, mientras intentaba mantenerse en pie agarrándose a una farola, me comunicó mediante un trabajado espanglish que de bien nada de nada: “Por favor, ayuda tú, amigo, ayuda”, imploraba el caballero. Por un momento incluso llegué a asustarme pensando que estaba sufriendo algún episodio clínico. Sin embargo, al acercarme a él para que se apoyara sobre mi hombro, percibí una penetrante fragancia a cerveza, supongo que maridada con whisky o cualquiera de las otras bebidas espirituosas que les encanta trasegar de día y de noche a los citados guiris.

Justo en frente de donde un servidor se urgía en socorrer al desamparado anciano, está el único bar-restaurante del complejo. Allí era precisamente donde intentaba llegar con una cogorza en todo lo alto digna del Guinness de los récords. Así me lo confirmó mientras se agarraba a mi brazo como una lapa y con la otra mano me señalaba en la dirección del local. En esos momentos, sin saber muy bien si atender su petición o directamente sentarlo en el suelo y llamar a la garita de seguridad que tenemos en la urbanización, terminé por aceptar su petición de que lo regresara al mismo lugar donde había sucumbido a la borrachera que portaba en aquel mismo momento.

Los cinco o seis minutos hasta llegar al lugar indicado se me hicieron eternos. Entre otras cosas porque aquel hombre no movía un pie sin pedirle permiso al otro. Iba literalmente liquidado, amén de su avanzada edad y lo que ello conlleva en un momento así. En cualquier caso, cuando logramos alcanzar la ansiada meta, probé a sentarlo en una de las mesas que hay en la terraza exterior mientras yo entraba a hablar con algún camarero con idea de buscar una solución coherente a aquella situación.

Pero no, el colega tiraba de mi brazo mientras me pedía que lo llevara dentro del lugar. Y claro, al entrar al salón principal, algunos de los presentes (casi todos ellos guiris) se quedaron mirándonos a ambos con cara de asombro y estupor a partes iguales. Probablemente, porque a mí me confundieron con un paisa por las pintas que llevaba, con gorro de lana incluido, chándal de mercadillo y barba de tres días. Vamos un moro jornalero de toda la vida.

Ya ni hablamos de los ojos que le echaron a mi eventual acompañante los guiris allí presentes al verlo en el estado de embriaguez que mostraba. Al parecer no hacía mucho que se había ido de allí, “nadie sabe cómo ha podido llegar a su casa” me confesó la camarera nada más entablar comunicación con ella. Mucho menos como le había echado huevos para volver hasta allí en su estado. Incluso habiendo contado con la ayuda de un servidor.

A esta última le encomendé que por favor llamara a algún familiar si es que el afectado lo tenía y ella pudiera darse el caso de que lo conociera. La otra opción era avisar directamente al servicio de seguridad del recinto. Por supuesto, antes de largarme me volví a acercar a la mesa donde el caballero se había sentado para seguir su juerga particular, rodeado del resto de guiris que lo miraban de manera expectante, aunque eso a él le importara un carajo.

Nuevamente, me cogió del brazo y mirándome muy serio, me dijo un par de veces “tú my best Friend… my best friend, tú toma algo conmigo… ¡Yo invito a ti!”… la camarera me miraba con ojos resignados, preguntándose si aguantar a borrachos octogenarios le iba en el sueldo. De vuelta a mi ruta habitual, tras rechazar gentilmente la invitación de mi nuevo mejor amigo (o eso afirmaba él), y mientras caminaba dirección a mi domicilio, me preguntaba si es necesario llegar a ese estado de embriaguez para echar un buen rato.

Indudablemente, me refiero a que, teniendo una edad como la de “my best friend” te juegues que te dé algo o simplemente que fruto de la borrachera termines por los suelos malamente. Ya sabemos todos lo que suele ocurrirles a personas longevas en situaciones de este tipo. Y ojo entiendo que vienen aquí a desinhibirse, a disfrutar de sus merecidas jubilaciones y en definitiva a echar de la mejor forma sus últimos años de vida.

Pero claro, aquí el menda que, por suerte o por desgracia, lleva ya unos cuantos años siendo testigo directo de cómo se las gastan cuando están en nuestra tierra, me trae los demonios cuando se dan situaciones de este tipo. Porque ojo, no es la primera vez y muy probablemente no sea la última que me topo con algún guiri en un estado similar al que padecía el susodicho de la otra tarde.

Recuerdo hace un par de veranos, a uno de ellos desmayado en un parque en pleno mes de agosto a las 5 de la tarde borracho como una cuba, teniendo que venir finalmente una ambulancia para atenderlo. También a dos señoras jubiladas a media tarde, justo después de su particular horario de cena, andar haciendo eses hasta terminar ambas rodando por el asfalto de una de las principales avenidas de la anterior urbanización donde vivíamos.

Incluso a un grupo de zamarros de mediana edad, medio desnudos, corriendo de un lado a otro mientras canturreaban el himno de algún equipo de fútbol patrio. En definitiva gente que tiene muy interiorizado que en España pueden pegarse la fiesta padre como en ningún otro lado de Europa. Además, a un precio bastante más asequible que en cualquiera de sus países y con unas leyes infinitamente más laxas. Una situación que no hay por dónde cogerla, aunque seamos plenamente consciente de ella y hayamos asumido que “es lo que hay”. Total si vienen a gastar, ¿no? Ya lo dice Pedro I El Guapo, “la economía va como un cohete”.

Esta mañana, mientras tecleaba esta pequeña anécdota y reflexión, me preguntaba como terminaría finalmente el señor de la otra tarde. Me lo imagino allí, sentado en la mesa donde lo dejé, intentando convencer a los seguratas que cubrían el turno en ese mismo momento y que a buen seguro acudirían al lugar, finalmente, de que se tomaran algo con él, como lo intentó conmigo, a la voz de “my best friend, my best friend”…. Poco nos pasa.

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